
miércoles, 5 de diciembre de 2012
El bichito
Y si tal vez te conviertes en un bichito, en un grillo de esos que te
rodean. Te vienes volando hasta llegar a mi casa, avanzas pisos arriba y
aprovechando estas noches de frío te metes entre mis cobijas y te
transformas en uno de tus yos. Me haces el amor. Luego de llenarme con
tu calor, regresas a ser bicho y retornas volando a tu hábitat.

sábado, 8 de septiembre de 2012
Lo que quiero
Quisiera ser su amante
esa a la que vuelve después del cansancio
la que encuentra en la casa cocinando una receta extraña
a la que le cuenta en la noche lo que le preocupa en el día
el cuerpo que le atrae desde cualquier lugar del mundo
en el que quiere refugiarse del frío, de la pesadumbre, de las multitudes
Ser esa negra que le envuelve
la que sabe que le espera con café recién hecho
o la que le despierta ansiedad después de una separación.
Y me duele no ser esa
la que lo trasnocha
la que desea con el vientre y con el alma
Porque quisiera serlo, poner mi empeño en encapricharle
en oirlo, en besarlo, en quererlo
Lo encontré porque la casualidad no espera oportunidades
y quisiera tener más fortaleza para retirarme con dignidad
tomar mi propio camino, seguir mis propios caprichos
Me sorprende cómo se entronó en mi vida
Me soprende cómo sueño con ser parte de la suya
Pero en cuestiones del amor soy derrotista
No desencantada, ni cínica.
Así que rezo todos los días para resignarme pronto
Para entender que mi deseo es pura fantasía
Tenga claro que no me caben rencores
Tenga claro que mi cariño es auténtico,
tan genuino que me ha conocido dócilmente
Mis maletas siempre están detrás de la puerta
Sin embargo, no hay agüero para espantarle
Sepa que lo quiero mucho
Me aterra, ya lo sabe, quererle como hace tiempos no lo hacía
Uno se acostumbra, uno se acostumbra, me digo mientras intento alejarme.
jueves, 2 de agosto de 2012
Atrapado en mi vientre
Traigo un orgasmo guardado en las entrañas y a veces, cuando
camino, siento que se me cae.
No es una molestia, pero sí un rubor que ilumina la sonrisa,
que se cuela en las charlas aburridas, una ansiedad que no se quita así mueva
los pies con frecuencia.
Cuando voy por la calle, pensando en las compras, ahí, justo
en el vientre se enciende. Sin la chispa de un recuerdo, un amor lejano o la
mirada de un desconocido.
Me llena de cosquillas, de carcajadas solitarias. Un
silencio tan sólido, tan mío. Parece que
busca el camino a un gemido, un chiste malo que le dé permiso para escapar.
No sé si lo retengo a propósito, si tenerlo atrapado hace mi
vida más interesante. Cautivo en el vientre es solo mío. Es el orgasmo que
traigo guardado.
miércoles, 27 de junio de 2012
Una vez me enamoré
Una vez me enamoré de un oso, me daba besos gigantes, era
amable y siempre me cargaba. Un día lo cazaron, mi oso se fue para siempre.
Otra vez me enamoré de un tiburón. Devoró de mí casi cada
parte de vida y sobreviví de milagro. Tuve miedo del mar por un tiempo.
Estuve enamorada de un turpial, y me cantaba al oído cosas
lindas. Imposible de asir, imposible de abrazar, imposible de besar, imposible
de amar. Voló.
Estuve enamorada de un guepardo. Corrimos juntos, me hacía reír
con frenesí. Todo fue frenético, en el camino lo perdí.
Me enamoré de un pavo real. Era el ser más bondadoso, más
compasivo, pero el resplandor de sus plumas me cegaba. Nunca más lo volví a
ver.
Recuerdo que me enamoré de un pato salvaje. No teníamos paraje, un día
estaba, otro me escribía de más lejos, de más cerca. Lo quise con el alma, no
sé si el corazón errante sabe querer.
lunes, 11 de junio de 2012
Mujeres con la vida de bolero
A mis abuelos, "El negrito aquel" y "La de los ojos pardos".
"Caricaturas del frío en una fracción del cuerpo que se ha transformado en la cursi excusa de un encuentro en las aldabas de un pueblo que ya extraño. Y el pueblo lo compone la gente y, por bueno o malo vos sos una gente, como te lo he dicho". S. Sánchez
En este oficio cantarle al amor es casi un asunto de
machos. Hay que soportar el frío de las madrugadas, los riesgos de la calle y
el rigor de trasnochar todas las semanas. Sin embargo, Esneda Ramos y Nancy
Aragón se abrieron paso en un gremio en el que el 90 por ciento son hombres y
se convirtieron en serenateras.
“En este trabajo de vez en cuando hay que aplicarse sus
traguitos, porque cuando toca, toca”, dicen estas dos cantantes de la noche.
Entre sí se conocen poco, pero sus carreras artísticas comenzaron de forma similar.
A los 19 años, Esneda participó en La hora de los
aficionados de Radio Cartago con Arráncame
la vida, versión de Toña la Negra. Ganó 10 mil pesos y una carta que la
acreditaba como profesional para cantar en cualquier emisora y, por supuesto,
para cobrar por dar serenatas. Eso fue hace 50 años.
A Nancy la fama le llegó en 1966. Tenía 18 años y
trabajaba como tiquetera en la empresa Transflorida de Cali. Mientras tarareaba
‘Quisiera ser la fina Madreselva’, un
par de músicos que la oyeron la invitaron a cantar en La voz de Cali.
En la primera serenata Nancy ganó 700 pesos y ahora cobra
90 mil por hora. Esneda y su trío cobran 150 mil pesos por una hora de 14
boleros. Ambas reparten el dinero con sus acompañantes y dan una cuota para el
centro artístico que las acoge por las noches.
Están dedicadas a componer el amor de otros entre
aguardiente, whisky y ron. Y a si
suene a contradicción, Esneda nunca ha intentado arreglar los sufrimientos de
su corazón. A los tres años de estar casada con un carnicero, que le prohibió
dar serenatas, decidió irse con su hijo y volver a la música. “Jamás busqué
otro hombre”, cuenta. Reafirma con seguridad que a sus 69 años está muy vieja
para que la anden conquistando.
La historia de Nancy fue distinta. En uno de los centros
artísticos donde trabajaba conoció a Lucho Puertas, un puntero que cantaba
solo. Él le propuso que fuera su guitarra marcante y también su melodía. Así
conformaron un dueto que ya cumple 14 años de matrimonio.
“Mujer,
ni de riesgos”
“Este gremio es muy machista. Si no se es mujer de un
músico, no la reciben en un centro”, asegura Nancy.
“Una mujer, ni de riesgos. Usted disculpe, pero mi esposa
es muy celosa”, le han dicho los clientes a Esneda. Con calma ella les pide que
la dejen cantar primero. “Así me los convenzo y me gano la serenatica”, agrega.
La jornada a veces termina a las 4:00 a.m., pero a las
8:00 a.m. están en pie para cumplir con las labores del hogar. “Claro que ese trote ya no es como cuando era
joven. A eso de la 1:00 p.m. empiezo a
cabecear”, explica Esneda.
Su hijo ahora está
en España y le prometió que apenas se organice le girará para que se retire de
la vida artística.
A Nancy no le da miedo quedarse sin voz, porque ha
negociado de todo, desde ropa hasta empanadas.
Por ahora siguen soportando el frío de la madrugada y
amando su oficio con la pasión de un bolero.
Texto publicado en El Tiempo Cali el 4 de mayo de 2004.
sábado, 2 de junio de 2012
Carreteras en el aire
"Y dos nos subíamos a un patín (ni sé cómo cabíamos) y nos tirábamos pendiente abajo sin importar lo que halláramos en la esquina."
Esquivé la niebla con fracasos repetidos y al dejarla atrás
juré nunca volver. Y así se va moviendo este cochecito en el que me empacó la
vida. Tiene el color quemado, tostado por los días soleados y se escarcha
siempre al pasar por el nevado. - Ahí viene la nube. Un momento, primera otra
vez-.
Cree uno que el camino es solitario, pero flotan por ahí
pedazos de sueños ajenos, algunos se recolectan para combustible, porque aquí
en el aire todo se recicla. Somos
ecológicos con las ideas alocadas, las utopías, las batallas contra molinos y los calores de una noche. A
veces falla. - Un momento, viene un ave, por poco y se choca contra el
parabrisas. Son comunes, pero hay que dejarlas ir, ¿no?, son aves de paso -.
Que sí, a veces me encuentro con otros choferes. Son pocos
realmente, pero hacen buena compañía. Los puedo contar con los dedos de la
mano. Nunca ayudan a la hora de cambiar llantas, que eso acá es todo un riesgo.
No hace falta explicar por qué es peligroso tan solo bajar el gato para
levantar el carro.
Yo no sé por qué llegué. Supongo que mis papás eran hippies,
supongo. De niña podía jurar que en vez de caminar volaba. Iba con la empleada
del servicio a la cocina y me arrojaba por la terraza. Cuando menos pensaba los
pies estaban elevados. Eran tiempos maravillosos en el aire.
El carro lo compré, creo que es de segunda, pero me lo vendieron
como de primera. Le puse Alma Vieja. Y cuando emprendí el primer viaje ya no me
quise bajar. Claro que tiene sus problemas, no falta el que lo quiera
jalar a uno. ¿Pero sabe?, estos coches no funcionan en la tierra. No lo he
intentado ni una vez, creo que las refacciones no aguantarían.
Y no es
que andar por acá sea cosa fácil. Usted dirá que hay menos rozamiento, lo que
no es cierto. El viento golpea fuerte y las noches son duras. Además el cuerpo
agarra una necesidad de suspensión. A veces bajo a visitar a la gente normal, y
con cualquier cosa me mareo. Por eso tengo
hamaca, ve, uno siente que no está en la tierra y lo recogen desde el
cielo.
Tampoco me gusta esa frialdad de las personas que abusan de nosotros
los conductores aéreos. Yo poco pasajero he llevado, porque apenas les abro la
puerta van es mostrando las ganas no más de montarse, darse un paseo y magullar
la cojinería. Nooo, esa gente que se quede allá abajo
.
Este tipo de vida tiene su exigencia, su compromiso. Yo sé
que la gente normal cree que nos elevamos no más de sobrados. Que somos los
creídos del cuento. Cosa más errada. Acá hay que ser responsable, mantener el
combustible, porque una caída es mortal. Si toca manejar de noche se le
hace, sin importar que a uno se le quite el hambre. Claro, hay días que uno
tiene energía como para recorrer el mundo entero, pero ese trote no se lo
aguanta un compañero, por eso la mayoría de las veces toca manejar solo.
Tenemos nuestros métodos de comunicación, no hace falta
revelarlos. De vez en cuando se engancha uno con gente de la tierra. Ah, no me
haga hablar de eso, porque se me alborotan las ganas de bajarme.
Sí, yo sé que hay alguno que se le quiere medir al
viajecito, pero yo le recomiendo que se consiga su propio coche, nadie puede ir
cómodo de pasajero cuando de conducir en el aire se trata. Sin embargo, los
compañeros de carretera se gozan mucho el recorrido, pueden ir de un lado al
otro, traer combustible que flota por ahí y compartirlo. Todo muy técnico y así
no se da el hambre, ya sabe como es de duro por acá.
Bueno, no siendo más, me disculpa. Le voy desinflando los globos para que se vaya a la tierra a escribir sobre mí. Adiós pues.
domingo, 27 de mayo de 2012
Desagravios para un Quijote
Jamás he podido ser un Sancho, el papel del escudero me
empezó a quedar grande con el tiempo. No le echo la culpa a mis quijotes, que
en el camino han sido pocos. Le achaco mi incapacidad a las batallas. La
dificultad que tengo para adaptarme a lo colectivo, el amor de grupo se me
disuelve fácil. Llevo toda una vida con un gen activo, ese que va en contra de
lo que huela a rebaño, a manada.
Mi primer Quijote fue más un guía, me llevó por caminos de
locura, de alucinaciones y fervientes convicciones religiosas. Un día nos
emborrachábamos hasta la médula, al otro ayunábamos para pagar pecados. Por la
emoción, por la cantidad de bichos raros que nos encontramos en el recorrido,
por poder fugarme de mi casa, amé a mi Quijote, le creí con vehemencia y lo
seguí, casi, casi hasta el mismísimo manicomio. Vaya a saber uno si por
sensatez o por simple agotamiento desistí de la marcha y encontré mi propia
aventura. Nunca me lo perdonó, de vez en cuando me cuenta sus recorridos, me
hace saber que la campaña terminó con mi partida. Poco nos vemos, lo sigo
queriendo mucho.
Pensé que no hallaría de nuevo otro caballero hidalgo.
Parece ser que una parte de mí busca a uno bueno, lo que sucede es que entra en
conflicto con la parte que se dedica a la rebeldía. Un día abandoné una hazaña
y desde lejos pude ver esa expresión de tristeza, una cara de decepción y lo
supe: otra vez alguien me vio lo Sancho.
No tendré la panzota, ni monto en burro, pero digo todo
cuanto se me ocurre y la lealtad es la raíz de mi carácter, cosa que a veces se
me convierte en un defecto. Entonces
este ser, salido de un mundo lunático lleno de metas, ganas de cambiar el mundo
y una ideología enrevesada, me encontró. Lo vi primero riéndose a escondidas de
mis ocurrencias. Un día cualquiera me participó de una causa. Como lo de
desfazer agravios me cansa tanto, pronto desistí. Eso sí, siempre le fui fiel y
corrí a sus mandatos. Esta última era una invención a mi medida, hecha
justamente para que lo siguiera en un recorrido de pinta divertida. Como mi alma
me lleva la contraria hasta en lo más pequeño, renunció al proyecto, buscó el
medio de transporte más rápido para la época y huyó con un viejo enamorado de
mis cabellos. Y ahí va la decepción del de la triste figura.
Tal vez se encuentre al leer este relato absurdo. Aprovecharé
para decirle que abandonar las causas no significa dejar de creer en quien las
dirige. Que mi lealtad no tiene límites, pero mi personalidad me arrastra y se
dedica a cuidarme de esa relación delirantemente hermosa. Jamás seré un Sancho,
pero sin duda, siempre tendré una parte de mí que da muestras de ser un buen
escudero.
domingo, 13 de mayo de 2012
Mis diez mujeres
Para el niño al que atacó una estrella
Cuidado conmigo. Soy diez mujeres y apenas se están poniendo de acuerdo. Por eso le advierto que se aleje, que se busque por ahí en el mundo una mujer menos densa.
Una que sea distinta a esa que renunció al resguardo indígena el día en que su abuela le enseñó a garrotazos que la montaña ya no era su refugio. Su futuro estaba en la ciudad y tratará de aprender algo, solo para regresar fortalecida.
Ni se le acerque a la que se queda horas en la ducha. La que espera que el recorrido del agua caliente por su piel le ayude a resolver los grandes dilemas del día, como qué recado hacer primero o cómo dejar atrás un mal amor.
Porque esta, a pesar de ser exuberante en formas, no soporta los piropos de los obreros de la calle. Se embarca en revoluciones pequeñas y abre la boca cuando quiere llevar la contraria, sin importar a quién. Llora con las películas de guerra, defiende el género humano y se ofende ante los crímenes de poder.
Ella le mirará con malicia, balanceará las caderas cada vez que pase por su lado y con la vista fija en los ojos le dirá cuanta cosa se le cruce por la cabeza. Le pedirá el placer a su manera y no se deje engañar porque le gusta mandar. Y así mismo, como es de apasionada, cuando estén en desacuerdo sacudirá las manos, subirá el tono de la voz y no le importará que le diga inmadura o niña. Porque esta señor, esta ama el conflicto.
Debería acostumbrarse a los terribles comentarios de: “ahí va la niña negra, que es la franqueza en pasta”.
Tome distancia de la que ríe a carcajadas, cuenta chistes en público y gana la simpatía de los extraños. Cuando llueve no quiere nada. Su sangre caliente se apaga y solo le gusta retozar entre sábanas, mientras de fondo suenan voces graves de cantadoras. El frío le duele, porque el calor le da un efecto colectivo, un navegar en multitudes que engolosina. Es ingenua y sensual sin proponérselo, por eso no se aterre que sea incapaz de decir malas palabras en lugares distintos a la cama.
Tiene el genio del artista, se unta las narices en todos los olores, los sonidos y los ruidos. Disfruta distinguir unos de otros. Lo salpicará de óleos, de notas, siempre tendrá una canción para cada momento. No se confíe, esta, es la difusa.
La pequeña blanca de este laboratorio interno tampoco es la más confiable. Digo pequeña porque es la de menos experiencia. Tiene el cuerpo menudo, pero que no le engañe, sus caderas son anchas, fruto de una endemoniada combinación ancestral. Su mirada está perdida, como la de su abuela desconocida. Mira desde su altura con tranquilidad, sin sentirse propia, sin ser extraña. Es peligrosa: carece de miedo.
En medio de ellas estoy yo. Capaz de armar una maleta con todas ellas en quince minutos para un viaje que tome un mes sin ningún rumbo. Estaré entre cabellos lacios, crespos o dorados. No me verá hasta reconocerlas. Con sus plantas sucias por el piso de tierra y sus dedos apretados por los zapatos de tacón. Los senos morenos como si siempre anduvieran al aire y las piernas fuertes por levantar niños en la espalda.
Soy yo, la que le bambolea las caderas, la de coquetería de ojos oscuros. Se me escapa la carcajada y ahí estoy, hablando duro. Prepárese para una maldad infantil que siempre se está maquinando en mi cabeza. Aléjese del deseo del primer beso sin dar.
Debería quedarse cada una en su tierra, en su tiempo, con su historia, pero ya he decidido dejarme gobernar por el mestizaje.
martes, 17 de abril de 2012
Envuelta en devenir
Un día empaqué mi maleta, ropa de invierno, ropa de verano y ropa para la humedad. Cuadernos, libros y un lapicero nuevo. Arranqué mi marcha hasta donde quise y corrí tanto, que mirar atrás y ver cómo iba dejando todo sin poder agarrar siquiera lo que venía me dio placer absoluto.
Así quería mi vida, ver pasar, sentir cambiar, dejar ir. Sin asir nada que no tuviera el don de la perdurabilidad, que al final no es mucho ni pesa tanto. La liviandad se tomó mi vida y el camino, el aire y el agua fueron mi trayectoria.
Una mañana estuve en tres ciudades distintas a la vez. Recorrí pasos en murallas viejas y hablé con cuanto extraño se me cruzó. Fui tan feliz. Sonreía sin explicármelo mucho y al parecer la simpatía de los demás me la gané simplemente porque el miedo se me refundió entre tanto devenir.
Devenir, devenir, devenir…
De vuelta en alguna parte, cumpliendo un sueño de la adolescencia, sentí el dolor en cada hueso. No tenía ya nada en la cabeza y el corazón estaba exhausto de tanto gozo. La dicha también produce cansancio. Llegué por fin a la cama y con la calidez de un destino dije para mis adentros, ya no quiero viajar más.
Hallado un nuevo reposo dormí una tarde entera, sin poder ver bien lo que pasaba. Calor, tranquilidad y descanso. Pero mis caderas no se ajustaban a una cama diferente, cada ciudad era tan distinta, tan distante a una que de a poco se hizo mía. El estómago extrañaba, hacer falta, echar de menos, hogar. Lo propio, lo mío. Que viene siendo como un llamado.
Último viaje a una familia unitaria, compuesta por otros tejidos que apenas recuerdo cuando los voy tocando. Tangibles, se van convirtiendo en la versión mía que más disfruto, la auténtica, la autónoma, libre, también, descubierta en un viaje interno, tan agotador como el que se va al mundo.
Va el regreso, el regreso al mismo viaje, ese en el que soy la nave.
jueves, 15 de marzo de 2012
Te voy a llamar Distancia
Será mejor verte por ahí pasar como si fueras un desconocido, sabiendo que al toparnos ni siquiera podremos decir nuestros nombres. Con cada paso hacia el camino, con cada mirada hacia un destino voy descubriendo que se me van pedazos de lo que imaginaba de ti.
Aquel día apenas si pude recordar cómo eran tus cejas. Enfermedad extraña esta que padezco. Luego, después de un peaje desolado en el que pagué con un racimo de miedos, traté de pensar en tus besos.
Si vieras que casi se me venía el color de tu boca, unos labios pálidos y una sonrisa de un diente torcido, medio malévola. Veía saliva, una lengua sinuosa, unos ojos cerrados metidos dentro de un gesto de deseo...pero tu beso, ese no llegó.
Embarcarme fue lo que más afectó mi memoria. Eran tan grandes las olas, tan fuerte el olor a sal, el ardor del sol en mis mejillas, que simplemente dejé de pensar. Mis ojos trataban de abarcar, de resumir el sonido del agua, el brillo, el movimiento y un horizonte.
Justo al ver un barco oxidado eché de menos una mano fuerte que me sostuviera la muñeca. Al principio era peluda, pero el paso de una gaviota se llevó el color de los vellos. Luego era de dedos grandes y largos, sonó una sirena, y se volvieron regordetes e infantiles. La mano fue solo mano, sin muñeca, sin antebrazo, no vi uñas, y al final solo me quedaba una sensación del apretón en la muñeca. Alguien vio tierra, levanté mi vista y alcé los brazos para celebrar y en ese momento desapareció la percepción de sujeción.
En el aire solo hubo espacio para ideas con nubes, aire, cielo, mapas, cordilleras y hormigas. Tiempo para despegar, tiempo para aterrizar.
El paso, la brisa, las ciudades, las multitudes. Los amigos y los abrazos. Y sin esfuerzo todos los hombres parecían tener el mismo vaivén al andar, tomar el teléfono de la misma forma y usar los pantalones en la misma altura. Y un cuerpo se convirtió en muchos, en millares, en tantos que no valía la pena aprehenderme de solo uno.
A veces cuando la contemplación se agota y mi mente no tiene más retos que sobrevivir entre la absorción y el descanso, siento que algo pasó conmigo, que ahora no es igual que ayer y que las amadas rutinas de un momento a otro son otras.
Quiero tomar un respiro para saber cuál era el nombre de esa idea que usaba como ancla, por qué antes me sentía como una estaca, mas se me olvida, no hay cómo nombrarla. Así que algo por ahí me retumbó en el cerebro, una canción viejísima que aparentaba sensaciones reconocidas, pero extrañas me trajo una respuesta y se me ocurrió: "Te voy a llamar Distancia".
lunes, 23 de enero de 2012
Y sin embargo me inunda la tristeza…
La promesa de un viaje me recordó que estoy en el lugar correcto, así mi cuerpo quiera salir corriendo.
Un hombre de un rostro que no recuerdo me hizo llorar con un recuerdo frecuente que me atormenta...
Un Rayo que se fue hace dos años de la tierra me iluminó el alma...
Una amiga me contó entre risas que me fue leal hasta en la rumba... también que se alegró de que nada perturbara mi tranquilidad esa noche.
Un hombre, bien lejos, está convencido de que ambos somos una coincidencia: "Perto no tempo, longe no lugar", me dice.
Una viuda se sentó a mi lado en el bus y me dijo convencida que me he sabido gozar la vida. Se bajó y me dejó un abrazo.
Una de esas gentes que se encuentran entre entuertos, me acompañó unas calles y resultó quedándose por siempre…
Una mujer que quiero con el alma me demostró que a pesar de la distancia continental aún me quiere y desea volver a verme.
Una anciana se quedó contemplándome el pelo y cuando la sorprendí me regaló una sonrisa...
Unos jóvenes me hablaron al oído para escuchar los gritos contra la injusticia...
Hoy una niña me pintó las uñas y a través de sus ojos granadilla puede ver el universo entero...
lunes, 16 de enero de 2012
La amante difusa
![]() |
| Margarita Hurtado. Óleo. |
Es ella la que me toma de la cintura y ata por detrás el lazo del delantal cuando voy a cocinar. Levanta mi melena para que esté libre y pasa las manos cálidas por mis ojos para darme un respiro. Me acompaña con una sonrisa placentera cuando estoy junto a la mesa pelando duraznos o cuando finjo que escondo el último pedazo de la zanahoria para comérmelo sin que nadie me vea.
Nuestra relación comenzó como una pelea. Como siempre estuvo ahí, la desprecié con mi alma. Lloraba al sentir su presencia y trataba de subir el volumen de la radio o cantar a los gritos para alejarla. Pero es una amante paciente, comprensiva y casi maternal.
Opté por nuestra convivencia en las fiestas decembrinas y al encontrarnos juntas lloré como nunca. Cada rincón acompañado de su silencio se inundó. Fueron semanas, meses, casi un año… luego supe que éramos tres, si contábamos a mi llanto que de vez en cuando nos hace visita.
Es tan sublime, sin embargo. Toda llena de detalles mudos, porque es la que se devuelve cuando paso frente al espejo, solo para ver qué tal se ven mis piernas con una minifalda. Me acuesta en la hamaca, me lleva a la mecedora y me enternece con los rayos de sol para que simplemente me quede mirándome el color de la piel.
Con ella supe de texturas, de sabores, de olores, de gente. Conocí el poder fundamental de la pimienta negra y la sensación esa de ponerla en el mortero, mientras suena de fondo alguna palma de gitano. La disfrutaba cuando leía, ahora parecemos volar en cada página y mis palabras la aman. Le hacen trenzas cada domingo y la adornan con aceites de vainilla.
No soporta que pase por un espejo sin enseñarle una sonrisa y le encanta caminar para traerme a la mente viejos, nuevos y futuros recuerdos. ¡Ja! decimos ambas.
Ha explorado cada parte de mí con delicadeza y provoca tal explosión de sensualidad que jamás ha causado ningún hombre. Me excita el cuerpo, la cabeza, el corazón. Cuenta mis historias y cada noche cuando estamos lejos una de la otra me llama, me trae desde cualquier rincón de compañía, me arrebata del ruido, de las frases y abrazos ajenos, del dominio de la tristeza, de la multitud, solo para hacerme suya.
Hace poco tiempo comprendí que convivo dulcemente con una amante difusa.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Mi ronroneo en las bibliotecas
Leer no era nada del otro mundo en mi casa, mi mamá me enseñó casi a la par en que me explicaba cómo se pronunciaban las palabras y con cada pregunta de la vida la respuesta era la misma: busca en la biblioteca.
Los libros fueron llegando gracias a ventajas casuales, como una tía que trabajaba en Carvajal y una mamá que tenía crédito con un librero que ahora es renombrado en la ciudad. Los libros estaban ahí, me acompañaban al colegio y tenían todo lo que yo quería saber del mundo. No era tampoco una relación de amistad, seguía jugando, visitando amigas y viendo mucha televisión, simplemente que en el panorama estaban ellos.
En el colegio el castigo por llegar tarde era una mañana de encierro en la biblioteca, en consecuencia el recinto permanecía desolado. Un día, por cosas de la vida, di con él y creo que la encargada se alegró mucho de tener una visita frecuente. Mi primer libro de salón de ácaros fue el Elogio a la locura, y me pareció increíble que alguien pudiera tener junto tanto delirio en el cuerpo. La bibliotecaria era parecida al estereotipo, una señora altísima, seria, de cabello semicano y de voz grave. No era más o menos amable, era parca y lo que siempre pensé era que le pagaban por estar ahí, así no lo disfrutara. Pero no me frenó su presencia. Después de la locura me persiguió Gabriel García Márquez, consideré yo que después de tanta algarabía ya era la hora para enfrentarme al tan mentado Cien años de soledad. Rebusqué en vano todos los rincones de la biblioteca. La señora, de la que no recuerdo el nombre, se llenó la cabeza de polvo y entre estornudos y manos resecas encontramos libros que ni imaginábamos que estaban en un colegio de monjas, pero ese, no.
Ni sé cómo era que podía pasar tanto tiempo en la biblioteca. Las clases eran estrictas y solamente salíamos para ir al baño y a la que vieran en los corredores la castigaban en el acto. Pero sí recuerdo mis últimos años de colegio pienso en nosotras buscando por horas el libro de García Márquez. Ella nunca me preguntaba si tenía clase o si me había fugado, tampoco creo que mi rebeldía en esa época hubiera dado para tanto. Siempre me han gustado los lugares secretos, los poco frecuentados y sobre todo los que me permiten leer en silencio. En los que me ría por lo que leo y no tenga a nadie encima preguntándome qué estoy haciendo. También creo que comencé a terminar temprano los exámenes, a decir con franqueza: "perdón profesora, pero voy para la biblioteca". Asunto arreglado.
A pesar del tiempo invertido, Macondo y sus cien años no aparecían. Como nos empezamos a tratar con amabilidad y cierta compinchería, la bibliotecaría me dio una solución: "¿no está ese, pero están todos los demás. Por cuál vas a comenzar?".
Así que puedo decir que la lista García Marquiana se abrió a mí completamente y me devoré cada uno de sus cuentos, novelas, ensayos y artículos de prensa. Macondo adquirió una forma propia, un lugar común construido por un señor muy famoso del que no sabía nada. Cien años de soledad fue el libro más importante de mi adolescencia, porque descubrí en mi ansiedad por encontrarlo, que lo había tenido siempre a mi lado, con mi mejor amiga que me lo prestó cuando se dio cuenta por qué era que me escapaba para la biblioteca. Era mío incluso antes, lo sé porque no fue un leerlo, fue un estar en él. Era un lugar conocido, con personajes como vecinos de los que se sabe todo y al final se reúnen en detalles. Con ese libro le dije adiós a la biblioteca del colegio, porque con los brazos abiertos me recibieron las de universidad.
La mía era una universidad privada, pero su biblioteca era completa, aunque para mis ansiedades literarias se me quedaba cortica. Mencionaré uno importante, 4 años a bordo de mi mismo. Sé que hubo más, sobre todo, porque Cielo la bibliotecaria todavía me saluda por nombre propio. Es, sin embargo, la señora Martha Traba la que me volvió a atrapar en este recinto.
Aclaro que en ese tiempo no tenía mucho para hacer, estaba escribiendo la tesis, no tenía trabajo y acababa de terminar la práctica. Para mi mamá fueron unos años de pesadilla, para mí fue una oportunidad única en la vida. (No le digan a ella, pero estaba feliz de no tener por primera vez en la vida una meta, reto o plan).
Como mis lazos con la universidad pública eran genéticos, familiares y románticos, entrar a la biblioteca de la Universidad del Valle era como llegar a la nave nodriza. Era una biblioteca de cuatro pisos y apenas si me lo podía creer. Gran parte de mi familia se formó allí, así que me dejaban por ratos en ese punto donde no me podía perder más que en letras. Mi primer carné fue allí, en una mañana hice todo el trámite y en la tarde ya estaba en el piso de colecciones con un bocado delicioso: Angelitos empantanados de Andrés Caicedo. La película fue completa al ir durante una semana únicamente a leerlo. Sentía a Caicedo caminar conmigo en Cali, lo veía pasar en los cabellos largos de los estudiantes univallunos y casi que detrás de cada par de gafas gigantes lo encontraba riéndose de mí. La ciudad caleña y los libros de Caicedo se hicieron uno solo, con el sonido de los samanes, la brisa de las cinco de la tarde y el encuentro con algún pariente.
Al regresar a mi ciudad de montañas me arriesgué, lo digo así porque era terreno desconocido, a la biblioteca de la Universidad de Caldas. Y fue ahí, el primer día, en que me encontré con la Traba. Ni sabía que ella había escrito literatura y el nombre tampoco decía nada: Los laberintos insondables. Pensé que terminaría aprendiendo de arte, estilos, pinceladas, pero nada de eso, la señora Traba también tenía su corazoncito literario y lo más extraño para mí fue que la argentina rodeada de bogotanos, terminó escribiendo de costeños. Diario caminaba de mi casa hasta la universidad y pedía el libro, que cómodamente había señalado con un separador. Nadie lo pidió en las dos semanas en las que le fui a hacer visita. Cada vez que lo dejaba sufría porque nadie lo descubriera. Hasta el sol de hoy solo lo he visto en esa biblioteca y una vez se me refundió en una librería de segunda. Los laberintos de la Traba fueron inolvidables.
De ellas tengo mucho para decir. Las he recorrido palmo a palmo. Acumulaba los libros en la mesa como si fueran tesoros incompartibles. He convivido como el insoportable olor a pollo frito del Banco de la República, que quitaba las ganas de leer y alborotaban el apetito. Los libros amarillentos de la facultad de derecho, que dejaban un polvillo que me enronquecía. O mi buena amiga bibliotecaria que me prestaba por meses los que consideraba era importante que yo leyera y me dijo en la cara que lo que yo escribía no eran cuentos, sino relatos.
Confieso que las visito poco últimamente, que siempre las extraño y que así sea el piso más refundido de una casa de Cartagena no las dejo de buscar y ubicar en la mente. Hacen parte de ese ser extraño que soy. Que cada vez que tiene curiosidad de la vida estira la mano y echa mano de la colección de libros más cercana.
martes, 6 de diciembre de 2011
Germán Castro Caycedo narra el cuento de su vida
Germán Castro Caycedo es un cuentero de su experiencia periodística. Se sabe de memoria los sumarios de los casos judiciales que ha cubierto, almacena con exactitud los datos de los lugares que ha visitado, pero es mejor narrando los recuerdos de su vida. Eso lo demostró durante una conferencia en el salón Dabar de la Universidad Católica de Pereira este año.
Frente a unos 200 estudiantes puso a competir su voz de abuelo de 71 años con las vibraciones de los celulares, los tecleados de los blackberry y las piernas inquietas de los que intentaban vencer el sueño. Entremezclaba con pausas dramáticas sus aventuras de reportero, la metodología de las investigaciones y sus gustos personales.
En 15 minutos de charla ya había recorrido, por enésima vez, la historia de los jóvenes que se quedaron atrapados en una cueva en Zapatoca (Santander). Palabra por palabra, las mismas que había usado una hora antes para la rueda de prensa que les concedió a algunos alumnos en la biblioteca.
Cuentero
El abuelo Castro disfruta contar su historia, finge que le falla la memoria para que los escuchas le recuerden que el experto de las cavernas es el espeleólogo y que los momentos más importantes de una narración se denominan climax.
Entre el público estaban los admiradores más jóvenes, unos 10 muchachos que no paraban de tomarle fotos, pedirle autógrafos y asentir con los datos de los libros, que por supuesto, ya se habían leído.
Él los mira, los cuestiona con los pequeños ojos oscuros y ahora en tono sarcástico habla del periodismo investigativo y la vieja consigna de que todo periodismo requiere investigar. Repite términos ingleses adaptados al periodismo actual, se burla de los que aman a "Mi-a-mi" y reproduce el efecto que aprecia todo cuentero, la risa.
A la derecha del salón Dabar hay un grupo de colegiales que, al contrario de los universitarios, no se mueve y mantiene la vista fija en el escritor.
Aquellos tiempos
El cuento de su vida regresa a la nostalgia de los días en El Tiempo, de los 10 años con correctores de estilo, meses para reportear una crónica y técnicas exigidas por su jefe de redacción. "Ahora le dicen editor", el apunte infaltable en sus conferencias.
Afuera, en la papelería de la Universidad, las vendedoras se preguntan quién es el anciano que ha causado tanto alboroto en los pasillos. "Es Germán Castro Caycedo", le responde una estudiante. "Me dejó en las mismas", le dice la vendedora. "Es un escritor. El autor de Sin tetas no hay paraíso", aseguró la muchacha. Luego alguién más rectifica y les da una lista más precisa y sin contar con el popular libro de Gustavo Bolívar. Escribió El cachalandrán amarillo, La bruja, Mi alma se la dejo al diablo, El hueco, Colombia amarga, Objetivo 4. "Ahhhh, yo me leí La bruja, la de la televisión", finalizó la vendedora.
Adentro el conferencista-cuentero habla de lo suyo, la crónica. Esa que debe llevar de la mano al lector. Hace énfasis en la estructura y regresa a su cancha: cómo está investigando el secuestro de Juan Carlos, hermano del expresidente César Gaviria y da algunos anuncios de este como su próximo libro. Recita su técnica de grabar, transcribir, memorizar, reconocer y darle ritmo a la historia. Habla de la importancia del orden en que se hacen las entrevistas. Sin querer se convierte otra vez en protagonista y cuenta cómo cargó 'municiones' para hablar con el coronel encargado del operativo de entrega del secuestrado y hasta dónde tuvo que llegar para saber de la suerte de los secuestradores. Un respiro y lanza un piropo a las "mamacitas de Pereira, las mujeres más bonitas del país", de nuevo el público se ríe.
Maestro de la crónica
Les refresca a los estudiantes los tipos de estructura para contar una historia. Hace un chiste sobre Samuel Moreno y la calle 26 de Bogotá y rescata a la audiencia. Ahora habla de los tiempos recuperados y menciona a los gringos de Bogotá, que usan palabras como 'flash back'. "Esa manía de la clase media alta de imitar todo lo que viene de Mi-a-mi", recalca.
Vuelve a sí mismo y conversa sobre los monólogos y el desuso de las descripciones físicas para formar a los personajes. Para el clima de Pereira usó mocasines negros, pantalón de pana azul oscuro y una chaqueta blanca. Vestimenta jovial en un hombre que tiene la cabeza y el bigote totalmente canos. Es menudo y bajito, pero conserva aún sus cejas tupidas y negras.
Divaga por unos segundos y lleva a los asistentes a la intimidad de su casa, su biblioteca repleta de diccionarios, enciclopedias y libros sobre el color. Mueve las manos con frecuencia, golpea los micrófonos, las grabadoras, todo lo que se interponga en el camino y no permite que nada interrumpa su relato. "El factor sorpresa es una técnica indispensable en cada historia", dice para introducir su amor por el cine y cómo ha influido en sus formas de contar. Hace hincapié en el mundo sensorial y recrea de nuevo otro de sus lugares comunes: la selva.
"¿Es mucha carreta, está muy largo?", pregunta y el auditorio responde al unísono:"no maestro continúe". Los muchachos se internan con él en un paseo por el Tapón del Darién. Cuenta su tristeza por la tala de árboles y da indicaciones como de cartero, pues repite los nombres de las veredas, los pasos, las mejores rutas y hasta los nombres de los habitantes que se encontró en el camino.
Salta con suavidad a uno de sus temas favoritos, las especialidades profesionales. Destaca la labor de los botánicos, biólogos, zoólogos, ornitólogos, médicos y geólogos que constituyen el cuaderno de sus fuentes más apreciadas. "Es como tener un consejo de redacción a mano". Les explica que la mejor técnica para un periodismo diario bien hecho es tener las fuentes por profesiones.
El detalle nutre sus historias, les da el realismo, "porque en la no ficción se trata de no inventar una sola coma". Su intención es acostar al lector en la cama del enfermo de paludismo, llevarlo al lugar perdido de Colombia y que sienta hasta las distintas tonalidades de verde. Aquí llega uno de sus personajes recurrentes, el pintor neirano David Manzur.
El color exacto
Otra pausa metódica. Vuelve sus ojos al texto que ya tiene en la memoria y cuenta cómo Manzur le enseñó los tipos de verdes para encontrar los colores exactos de la selva. "Ya voy a terminar", le dice a la moderadora con ojos de abuelo conversador.
Sin querer, pasa de la selva a la historia de la colonia y los buques que cruzaron el Atlántico desde Europa. Ahora los detalles hablan de mástiles, navegación y madera. Vuelve el Castro investigador que aprendió de velas, la soledad del marinero y los tipos de azul y gris del mar.
Los estudiantes han hecho a un lado los blackberry y ríen como niños. La magia de la conferencia se ha cumplido. Se han convertido en sus nietos. Les habla del paso por el Triángulo de las Bermudas, el Ártico, sus amigos pintores y las cámaras que acompañaron sus travesías. Con cada pausa se crea un silencio profundo.
"No me inventé nada, solo investigué. Muchas gracias", finaliza. Todos aplauden y detrás del bigote blanco sale una sonrisa franca. Germán Castro Caycedo ha cumplido con la conferencia del día.
Publicado en La Patria 2011-05-22 00 http://www.lapatria.com/story/germ%C3%A1n-castro-caycedo-narra-el-cuento-de-su-vida
domingo, 27 de noviembre de 2011
“Ser travesti en Cartagena es un infierno”
La invisibilidad de las agresiones homofóbicas llevaron a Wilson Castañeda, politólogo antioqueño, a liderar la primera organización que registra la violencia contra la comunidad de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales del Caribe.
Wilson Castañeda conoce la violencia de la homofobia en carne propia. Este politólogo de Medellín tiene 33 años y encabeza la organización de diversidad sexual Caribe Afirmativo, que funciona desde septiembre de 2009 en Cartagena y trabaja con la población de Barranquilla, Santa Marta, Sincelejo y Valledupar. En ella promueve la lucha por los derechos de la comunidad LGTB (Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales).
Su acción política comenzó cuando trabajaba en 2007 en el departamento de Derechos Humanos de la Procuraduría de Antioquia. Los informes de ataques a travestis rebosaron su escritorio y asegura que las denuncias le empezaron a “doler como si se tratase de sí mismo”. Decidió apoyar a los LGBT de la región y eso lo condujo a asumir en público su homosexualidad.
¿Cómo fue ese acercamiento?
“Me fui a conversar con los travestis del Parque Bolívar de Medellín. Mientras me contaban sus historias, llegó un grupo urbano de paramilitares. Me dieron una golpiza e intentaron subirme a un taxi, pero escapé. Con cada golpe me gritaban: ‘Queremos limpiar a Medellín de maricas y cacorros. Los vamos a eliminar’. Me decía a mí mismo que eso me pasaba por meterme donde no me habían llamado. Aceptar en público mi condición sexual era un riesgo, pero continué y les propuse a la Procuraduría y al Instituto Popular de Capacitación de Medellín crear una oficina para registrar y defender los casos de violencia contra la diversidad sexual”.
¿Qué pasó con la oficina?
“Por un tiempo registramos todo tipo de ataques. Las denuncias de la comunidad se hacían públicas, pero la política de la institución cambió con el nombramiento de un nuevo procurador. Así que se acabó la oficina y yo seguí como activista gay en otras entidades, como la Personería, la Alcaldía de Medellín y el Polo Democrático Rosa”.
¿Lo volvieron a atacar?
“La amenazas se intensificaron. Los paramilitares de la ciudad me mandaban advertencias. Querían matarme. Tenía protección de la Policía, pero estaba cansado de la vida del perseguido. Aproveché la coyuntura y me vine para Cartagena”.
¿Lejos del activismo gay?
“Realmente vine a Cartagena, porque desde niño he tenido vínculos con la Región Caribe. Cuando me mudé, había decidido dedicarme sólo a la docencia en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y desligarme de la política de diversidad sexual”.
¿Por qué cambió de idea?
“Llegué el Jueves Santo del año pasado y ese día me invitaron a la discoteca gay más reconocida de Cartagena, Studio 54. Justo en plena rumba llegó la Policía y eso fue el acabose. Patearon todo y hubo destrozos en el lugar. Estaba ebrio, así que me quedé quieto, pero al día siguiente llamé a la Procuraduría y denuncié el caso ante la Alcaldía”.
¿Hay pruebas del abuso de autoridad?
“Había cámaras en el local. El administrador interpuso la denuncia formal y la Alcaldía hizo un acompañamiento al caso. Todo quedó ahí”.
¿Y cómo empezó la organización?
“Después de que armé el escándalo político con la discoteca, me llamaron de la Alcaldía para alentarme a organizar algo más pedagógico sobre la diversidad sexual. Los del partido Por una sola Cartagena, que respaldan a la alcaldesa Judith Pinedo, nunca volvieron a aparecer, sin embargo, con unos amigos creamos Caribe Afirmativo”.
¿Qué es Caribe Afirmativo?
“Es una causa bonita, porque falta una reforma social para que la ciudad se lea a través de su comunidad LGTB. No soy el mesías y el Estado tiene la mayor responsabilidad, pero nosotros somos 20 personas que queremos hacer visible la diversidad sexual y los problemas que se dan por negarla”.
¿De qué se ocupa?
“El observatorio de Derechos Humanos, el cineclub H, formación ciudadana, incidencia en los gobiernos y creación de espacios para la práctica de la diversidad sexual”.
¿Cómo mantienen la organización?
“De nuestros bolsillos. Somos profesionales, cada uno tiene su empleo y con eso financiamos las actividades de la organización. También tenemos apoyo internacional y la Alcaldía nos presta espacios. Necesitamos abogados, psicólogos, médicos, otros voluntarios que asesoren a la población en los casos particulares de agresión de género”.
¿Cuáles son los problemas de los LGTB de Cartagena?
“Acá la represión de la sociedad les exige que sean invisibles. Tengo la teoría de que la fuerte ascendencia afro de la ciudad inhibe totalmente la diversidad sexual”.
Pero los negros se consideran reprimidos en Cartagena
“Hay que tener claro que nosotros estamos trabajando con la otra Cartagena, la que es de la plaza de mercado Bazurto hacia el sur. Donde la cultura afrodescendiente dicta que el hombre existe para penetrar a la mujer y llenarla de muchachitos, ahí no hay espacio para una sexualidad diversa. En el Centro Histórico dominan los blancos, la clase alta que por la empresa turística pregona una tolerancia ambigua, que es permisiva con los extranjeros y esconde a los cartageneros. Los jóvenes homosexuales se aprovechan de eso y salen de sus barrios para encontrarse en la Ciudad Amurallada, en la Plaza de San Diego”.
¿Hay más lugares de encuentro?
“Están los espacios cerrados, que son las discotecas Studio 54 y Lepetit. Sin mayores compromisos con la causa LGTB y con una mirada comercial que explota al gay sin retribuirle nada. Está el Camellón de los Mártires y los alrededores de la plaza de toros donde se encuentran los travestis. Toda la ciudad debería ser un espacio para el desarrollo de la diversidad sexual”.
¿Y el Carnaval Gay del 11 de Noviembre?
“Eso y la guacherna gay de Barranquilla son vergonzosos. La cosificación del travesti. Es la población diciendo: ‘saquen a las locas para reírnos de ellas’. Entiendo el esfuerzo que hacen cada año para presentar un desfile en las fiestas de la Independencia de Cartagena, pero no somos muñecos. El año pasado tratamos de modificar el concepto y organizamos una marcha de reivindicación, el Desfile de la Diversidad Sexual. Invitaba a la alegría, pero reflexionaba sobre la independencia ciudadana para vivir la sexualidad dignamente. Siempre me han preocupado las violaciones a los derechos sexuales de los travestis, que son los más vulnerados”.
¿Cómo viven los travestis de Cartagena?
“Cuando fuimos a ofrecer charlas sobre diversidad sexual a la Personería, una funcionaria me dijo que aquí no había de eso. Como si fuera una peste. Hay que ir a la Plaza de Toros una noche para ver a los jóvenes travestis esperando a alguien que quiera tener sexo con ellos. Algunos les pagan, pero también los extorsionan y disparan. Muchos me dicen que quieren dejar la prostitución”.
¿Qué opciones laborales tienen?
“Además de trabajar en una peluquería, ninguna. A estos muchachos los echaron de la casa. No tienen expectativas de estudiar, porque los colegios y universidades les exigen vestirse y hablar como ‘hombres’. Las empresas se niegan a contratarlos y tienen que vivir del sustento diario que les da la prostitución”.
¿Y los travestis de las clases alta y media?
“Esos no viven aquí, se encuentran en Bucaramanga, Medellín, Cali o Bogotá. Los que se quedan están muy enclosetados. En Bogotá conocí a un travesti cartagenero de una familia adinerada. Tenía éxito en la capital y cuando le pregunté por qué no estaba aquí, me respondió: ‘El travesti cartagenero que posea recursos económicos tiene que salir de la ciudad lo más rápido que pueda’. Ser travesti en Cartagena es un infierno”.
Cartagena registra pocos ataques homofóbicos en comparación con esas ciudades
“Sí, porque en ellas la condición sexual es pública. Eso expone a los LGTB y visibiliza más las agresiones. Acá tenemos el caso del profesor cubano Rolando Pérez, sucedido en febrero de 2007. Lo mataron en su casa con repetidos martillazos en la cabeza y con la sangre escribieron mensajes homofóbicos en las paredes. El comandante de la Policía de ese año, coronel Carlos Mena Bravo, declaró que ‘Rolando llevaba una vida desordenada, era promiscuo y en su condición de homosexual tenía varios compañeros’. Aseguró que era un crimen pasional, con lo que enterró la investigación”.
¿Cuántos casos han registrado ustedes?
“Cuatro. Todos fueron declarados crímenes pasionales. Las investigaciones no avanzaban, pese a que había autores materiales identificados, nunca fueron detenidos. Entonces decidimos juntar los casos en un solo paquete y los presentamos en la Fiscalía de Bogotá”.
¿Han recibido amenazas?
“Todavía no. La bancada del partido Cambio Radical, en el Concejo de Cartagena, armó un debate en noviembre del año pasado sobre el desfile diverso del Día de la Independencia. Los ediles alegaron que los niños eran vulnerables ante lo que pasaba en la marcha. Hasta nos sugirieron que saliéramos de la ciudad, acabáramos con las discusiones sobre sexualidad en los colegios y desfiláramos en la madrugada. La Alcaldía y la bancada del partido Por una sola Cartagena nos apoyaron”.
¿Y qué pasará cuando la alcaldesa se vaya?
“Judith Pinedo en persona nunca nos ha atendido. Es cierto que sus funcionarios hicieron una defensa firme de nuestra causa, pero vendrán otros y nosotros deberemos seguir. Con ese debate pusimos por primera vez al Concejo de Cartagena y a su bancada más conservadora a hablar todo el día de la diversidad sexual. Esa siempre será nuestra ganancia. Esta es una ciudad machista que está muerta de miedo de que algún día se caiga el velo y le toque aceptar que también es LGTB”.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Loca de letras
Mi vida está llena de hojas, ellas parecen en blanco. Digo parecen porque refundidas entre tanto silencio se esconden las palabras. Todas ellas con un significado, similar al cargado por las canciones de mi mente y se levantan cada tanto para salir mientras voy en la calle, en el bus o en un día largo de trabajo. Muchos creen lo mío como una locura, pues me enamoro mucho, sufro con pasión demasiadas cosas y sonrío, sonrío durante la lluvia. El día de mi locura no tiene fecha, ni explicación. No se las he buscado, no lo he necesitado todavía. La gente espera ideas, frases o respuestas sagaces, como si yo fuera una especie de mente rápida, siempre a la defensiva y con algo para decir. Cansada estaba de tantas exigencias y poco a poco me fui callando, resumí mis significados a simples contextos. A las palabras las volví pausadas, lentas, repensadas, luego a las más virulentas las abandoné de repente. Las fui escribiendo en retazos de las hojas en blanco y me volví coleccionista de mis propios signos. Era importante para algunos comprenderme, descifrarme en medio de tanto papeleo. Las hojas fueron llegando, los lapiceros, los lápices, también se acumularon en mi escritorio. Llegaron los libros, la música, las largas conversaciones, pero mis palabras no llegaban. Se resistían en mi pecho, en mi mente, en mis lágrimas. Habitaron todas en mi boca, en mi respiración y salían por teléfono, con algunas copas de vino y un ron traicionero. El lápiz alcanzaba si mucho para decir un número de teléfono, una dirección, un correo. El nombre de un hombre interesante, de una mujer para una próxima tertulia. Y suave, sin empujarlas mucho se refugiaron en las orejas de las hojas. Por allí pude ver a yerbabuena. Mi palabra favorita del español, porque me huele, me sabe y me trae recuerdos. Luego apareció sin pedírselo mucho presagio. De la mano se trajo a vaticinio, anuncio, señal. Parecía el fin del mundo. Sin proponérmelo terminé buscando alguna sin saber su nombre y le preguntaba a la gente hasta encontrarla. Hallada, la palabra se ponía en el borde de una servilleta, un cuaderno o una hoja ya usada. Las blancas se reservaban para los días buenos, para los soleados, sin prisas, sin presagios. Se iban ubicando tranquilas, esperando, esperándome solamente. Solitarias han tomado forma, hasta hoy, queriendo con esto unirse, en un esfuerzo por ser un relato, una unidad más allá de la reciclada legión. Mis palabras hoy quisieron ser una sola, quisieron entregarse por completo. Por lo tanto, alcanzarán a imaginarse el caldo de hojas, ácaros y polvo en cocción en estos momentos en mi escritorio.
domingo, 20 de noviembre de 2011
20 minutos
Eran las 11:30 p.m., eso pensaba. Recordó el día en que su mamá la abrazó fuerte y cerró la puerta. No la volvería a ver nunca. Se fue a España detrás de una fantasía, la de un hombre extranjero que le daría la felicidad como si fuera un tesoro.
Después de recibir besos, abrazos y hablar de finales felices, volvió su mirada al reloj. Eran las 11:10 p.m. La vida le había devuelto 20 minutos para escribir. Ser sincera consigo misma de una vez y dejar de buscar en la aprobación social, la aprobación interna. Una que necesitaba desde el día en que se fue de su casa. No era culpa, tal vez sí, pero el narcisismo actual le indicaba que llegaba el momento del contacto.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Carta al viento
Por tu culpa me encuentro ahora escribiéndole a un extraño, que además está bien lejos, lejos desde que lo conocí. Pareces un marinero que viene a recogerme en un barco, pero no he podido estar a tiempo en el puerto. Revisa tu sirena que debe estar averiada, porque tal vez cuando yo la oiga no tendrás más remedio que dejarme subir. Me dejaré llevar fácil por un mar agradable, que me permita ser y no me exija más que serlo. Serás un marinero acompañado y quien sabe cuántos abrazos recibirás en el viaje.
Y te vas para que extrañe tus palabras, que son como mensajes de telegráfo, que me llegan por pedazos, cifrados, envuelto en lo que eres tú, que no he podido ver, ni tocar, ni pensar.
El 512 ha sido tu faro, para mí es como un guardián. Le preguntó cómo será tu espalda, si tus brazos son amplios, si caminas lento, si sonríes con los ojos. Y luego me resisto a verte, a pensarte, a recordarte, porque eres un desconocido, que llega por métodos extraños, con mensajes envueltos en sopa de fideos, comida de marineros. ¿Cuántos días llevarás naufragando o simplemente navegando sin rumbo? ¿Tendrá mi puerta cara de puerto, tendrá mi puerta el sonido de un muelle? Con agua, sin ella, con desencuentros que me generan raras sospechas. ¿Deberé alejarme yo? ¿Serás tú el puerto? Seré como un botecito a la deriva que anda buscando una isla, pero se agobia ante los archipíelagos. ¿Será esta la correcta analogía? Solo palabras para ocultar humanidades, palabras cotidianas y directas que se evaden. ¿Tendremos que viajar siempre entre un mundo tuyo que no parece concreto, que a veces creo prefabricado y poco tangible? Marinero, no te mueras en el mar, déjame conocerte, así sea para volvernos a perder.
Y te vas para que extrañe tus palabras, que son como mensajes de telegráfo, que me llegan por pedazos, cifrados, envuelto en lo que eres tú, que no he podido ver, ni tocar, ni pensar.
El 512 ha sido tu faro, para mí es como un guardián. Le preguntó cómo será tu espalda, si tus brazos son amplios, si caminas lento, si sonríes con los ojos. Y luego me resisto a verte, a pensarte, a recordarte, porque eres un desconocido, que llega por métodos extraños, con mensajes envueltos en sopa de fideos, comida de marineros. ¿Cuántos días llevarás naufragando o simplemente navegando sin rumbo? ¿Tendrá mi puerta cara de puerto, tendrá mi puerta el sonido de un muelle? Con agua, sin ella, con desencuentros que me generan raras sospechas. ¿Deberé alejarme yo? ¿Serás tú el puerto? Seré como un botecito a la deriva que anda buscando una isla, pero se agobia ante los archipíelagos. ¿Será esta la correcta analogía? Solo palabras para ocultar humanidades, palabras cotidianas y directas que se evaden. ¿Tendremos que viajar siempre entre un mundo tuyo que no parece concreto, que a veces creo prefabricado y poco tangible? Marinero, no te mueras en el mar, déjame conocerte, así sea para volvernos a perder.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Viaje o dar vueltas en profundo
Todos preguntaban cuál era el efecto, manada de imbéciles. Lo que yo quería era escribir, dar a conocer el oscuro agujero en el que mi vida circula. Y decidí hacer un viaje, volar alrededor de este miedo que producía vivir.
Quién se iba a imaginar que a este martirio de hombre se iba a acercar esa muñeca alta y rubia. Recuerdo que tenía solo un toque de rojo en sus labios carnosos… y ahora que aquí hace frío -¡Apaga la maldita música!- su recuerdo de noche de luna llena me calienta.
Claro, hacía un sol infernal como el que se siente hoy en Bahía. Como el balanceo de las garotas de esta playa, así, de repente, entró esa morena a mi alma. ¡Fuaz! Estrella fugaz, meteorito violento, cometa impaciente. No contó con que yo observara su paso, esa agilidad, y me viera pronto arrastrado tras ella.
La lluvia de París permite que un cachito de luna se filtre en el cielo. Pienso en su rostro blanco y la extensa cabellera negra que jugueteaba con mi piel. Las estrellas podrían ser los adornos del Carnaval. Ella bailaba con pasos cortos y sus senos se bamboleaban al ritmo de un cuerpo pequeño. ¿Y yo? Pues debatiéndomela con el canalla que intentara quitármela. Ni siquiera le importaba que la celara, le satisfacía un simple amarnos. Como lo hago ahora en todos lados, en este momento con su leve voz…-¡Apágala!
Sus taconcitos en Buenos Aries eran como el sonido de la nostalgia. Yo cargaba tristeza, pasado, pesado con todos sus recuerdos. Tal vez eso la aprehendía a mí. Paseábamos por los parques y ella con sombrerito rojo sonreía melancólica y pecaba redimida.
Con este viento ingrato que reclama lo que le quité, lloro su humanidad perdida entre la multitud, siempre agobiante, degradante y manipuladora que se llevó para siempre su cabello rojo y sus manos de marfil. Solo me resuena en Berlín con cada eco de los rincones de la ciudad: “Ich liebe dich”. No alcancé a responder el absurdo reclamo, di la vuelta para ver la hora en el Big Ben diciéndome que ya debía partir.
Quizá esa fue mi venganza, pero quién dijo que siempre sería dulce. Descubrí sus mundos y me reflejé pequeño en el vértigo de sus ojos, en los que caía rápido y sin remedio. Navegué en el fondo de su cuerpo, vertiéndome como el Nilo, que riega con su néctar toda la tierra dorada y deseosa.
Parado en Machu Picchu se me ocurre ella era misteriosa. Disfrutaba curiosearla, sentir, como en estas montañas, que hay aún un Dorado por descubrir y que las pirámides y el desierto inhóspito reflejaban su grandeza.
- ¡Maldita sea, que apagues eso!
Ella eran todas convertida, era mi universo de amada. Puede ser agua, puede ser fuego. Varía según mi estado de ánimo. Prendo el televisor y ella es la delgada de mirada azul profundo que habla con Sean Connery. Aunque ignore que la veo, sabe quién soy yo. Es todas, pues siempre es la misma, que con rubor de años 40 me despidió en un aeropuerto de África. Esa que con los zapatos zancones se trepó en una carroza del reinado de la papaya.
Fuerte como el vikingo que olvidó su mundo tras el mar y me descubrió para olvidarme. Como una América dejó sus restos en mí para que jamás negara su primer paso en tierra nueva.
Qué desolado se siente Viena. Como me estorban los turistas en Venecia. El hastío que da un estadio lleno en Milán. ¿Para qué atravesar el mundo, si es adentro que no está?
Sea Grecia, Roma, Bélgica o sus pedazos que se pegan de otros lugares. Sigo solo a las - ¡Apágala. No más! - 3:00 a.m. o a las 10:00 a.m. Es un vivir sin ella. Me importa un pepino tanto puente, el fútbol, las bombas, el desolado Machu Picchu con su antigua esfinge. Y la playa de Berlín junto al Carnaval de Buenos Aires y ese tango casi escible de Bahía.
¿Para qué estar en todo un mundo al tiempo, sin saber si quiera quién carajos se es? Tanta gente, tanta masa y solo importa una existencia insondable.
Descubrí al fin el efecto, quiero la confusión en mi vida. – ¡Y apaga de una vez esa estúpida música!-.
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