lunes, 8 de diciembre de 2014

Corramos los muebles de la cabeza

Quien me conozca lo sabe muy bien, lo místico me saca roncha. Sin embargo, aprovechando que esta columna está de cumpleaños y que las fiestas de final de año ponen a todo el mundo reflexivo,  yo invoco al espíritu de la Navidad.  Para mi caso actuará el espíritu de la sabia, esa chamana que las mujeres llevamos por dentro y que, si la dejamos, hace de nosotras una mejor vida.

Este llamado viene cargado de un montón de buenos deseos. Deseo que este año se hayan empelotado miles de posudas, quemado millones de corsés mentales y alzado la bata todas las desobedientes. Éxitos para las que este año se decidieron y ejercieron su derecho al reinicio. Felicidades para las rebeldes, que siempre serán mis favoritas.

Cada fin de año, como es costumbre de abuela, se corren todos los muebles de la casa, se saca el sahumerio y se espanta lo viejo, lo incubado, para que se renueve todo. Tengo que confesarlo, a mí se me fue todo el año en ese trasteo y aún me faltan algunos muebles pesados por correr.

He intentado con esta columna poner mis meditaciones internas a la luz social, para ver qué tanto de lo que nos presiona como mujeres es propio y qué viene de afuera. He visto desplomar instituciones tan sólidas como la coqueta, la complaciente, la ideal y la ejemplar. Las quinceañeras me dieron una lección de oro y me mostraron cómo las mujeres se han ido transformando y les importa un bledo los estereotipos, con todo y opiniones ajenas. He sido testigo de toda esta revolución que se traduce en el cambio de los rituales o en la simple pelea que ya se da entre el machismo autoimpuesto y lo auténticamente femenino.  

Mis propósitos de fin de año apenas se están definiendo, pero tengo claro, por ejemplo, que quiero que para el 2015 muera la última morronga. En caso de que tal maravilla no se dé, abogaré para que muera mi morronga. Así que le apostaré a relaciones más directas, a que caigan las armas de la seducción diseñadas para la manipulación o la estúpida consecución de las expectativas propias a través de otras personas.

Seré muy ilusa sí, más si todavía espero que esto se riegue como una epidemia. Digamos que es un mueble muy pesado ese de creer que venga el salvador (dígase pareja, jefe o amigos) a darnos lo que en el fondo ya somos. Como esta es una reflexión mística, partiré de la loca premisa de que si lo intento, persevero y lo logro conmigo misma ese estado espiritual, mental y hasta biológico de libertad se extenderá por el mundo y seré la paciente 0 de una hermosa pandemia femenina.


Las morrongas tienen un mecanismo que me facilitará las cosas, pues con un solo empujón harán lo que en el fondo quieren hacer. Así que empezaré tirando al abismo a mi morronga y que con ella arrastre el miedo a perder y el peor de todos, el miedo a ser uno mismo. Es un ejercicio de valientes, pero durante el 2015 les iré contando cómo va mi experimento y cómo me terminó de ir corriendo uno de los muebles más pesados de mi cabeza.         

jueves, 6 de noviembre de 2014

Como accidente

Hubieses querido que resultara en tu vida como un accidente.
Que me encontraras en el camino como una moneda en el pavimento,
O como un perro desvalido.

Pero soy de esas cosas que guardabas en el calor de tus planes.
Somos de esas cosas ajadas con el paso de la experiencia,
que adquieren el sabor con el trasegar,
agarrando polvo, curtiéndose de vida,
de viento y de sudor.

Intentaría, una que otra mañana, aparecerme como un espanto
Sorprenderte de noche, un toque en el hombro,
Que al voltear la cabeza te des cuenta de que estoy ahí,
prendida de tu mano.

Pero me regalas besos que abarcan años.
Me lanzas miradas que intentan traspasar lo vivido,
Lo que ya no nos podemos contar,
Lo invisible, que no vale la pena decir.

Y estamos juntos, llenos de casualidades,
en un prado que revuelca tus demonios,
con mis leyendas de lo que fue antes del nosotros

Quisiera tanto ser un accidente.
Darte un susto mágico que te cambie para siempre

Compañero, no eres mi tropiezo.
Te recorro en plazas ocres, antiquísimas,
visito tus paisajes construidos con saltos de infancia,
tus casas, tus gentes, tus ciudades ya caminadas.
  
Y veo tus ganas de desnudarme por tiempos,
De jugar escondite con mi niña perdida,
De pelear con la rebelde vergonzante.

Pero allí, cuando me abriste la puerta por primera vez,
supe que tenía mi lugar dentro de ti.
Es una espera cálida, me siento y observo.

Y llegas como una sarta de nudos
Una sonrisa de aparecido,
dices una sola palabra y ambos nos damos cuenta:

Ya estabas aquí.

miércoles, 29 de octubre de 2014

La revolución de las quinceañeras


Que quede claro, ni cuando tuve quince estuve de acuerdo con las fiestas para quinceañeras. Quise una moto, no me la dieron por peligrosa; quise un viaje, no lo hubo por falta de plata. Entonces tuve una fiesta como última opción, pero eso sí, con nuestras reglas. Es decir, las de mi mamá y las mías. No hubo columpios, ni vestido pomposo, ni zapatillas de cristal, ni edecanes, ni entrega de padre a novio, ni ese montón de arandelas, que desde mi desobediencia adolescente no clasificaban. Mi mamá tachó de entrada la canción de las 15 primaveras y la ranchera Mi niña bonita. Así de sencillo, muy a nuestro estilo fue una oportunidad para bailar hasta la madrugada y se cantó a coro el bolero Cosas como tú.

Eso fue hace 15 años, pero ahora me doy cuenta de que los símbolos de esa celebración no han cambiado mucho. A pesar de que aumentan las quinceañeras con bebés al hombro, las que son maltratadas por sus novios o parientes y la situación de las niñas en el mundo no es la mejor, se sigue celebrando el día aquel, con sus rituales que para muchos perpetúan el machismo y la idea de que la mujer es para el mundo y no para ella misma.

Actualmente el mensaje es más exigente. Además del asunto tradicional, se le suma lo de ser una excelente profesional, una ciudadana ejemplar y un modelo a seguir. Un montón de cargas y grilletes de lo que debe ser una mujer moderna. A mis treinta y pico ya estoy cansada de intentar cumplir con ellas. Muchas nos demoramos 15 años en soltar, imagínense el panorama para las que llegan.

Vamos a desmitificar esto empezando por la claridad: La celebración es un ritual precolombino de la primera menstruación de la mujer. ¿Significa el paso de niña a mujer?  Pues sí, pero no es excusa para reproducir en símbolos el concepto de que la niña va a pasar de la casa de los papás a la casa del marido.  

Una nota aparte, para que conste; de las quinceañeras de hoy en día, o por lo menos las que conozco, muy pocas pasan a la casa del marido, ni tienen el más mínimo interés de salir a buscar uno. Sus regalos no incluyen ofrendas al dios de la fertilidad, más bien al de la tecnología, porque quieren celulares de alta gama, portátiles o tablas. Entonces mi proposición es que si ya de por sí las señoritas son distintas- escuchan reggaeton y no el sonido de la quena-, pues cambiemos los símbolos.

Estoy de acuerdo en que hay una transición y que eso de entrar a la pubertad es complejo, todo se ve y se siente distinto. Los indígenas nasa realizan un ritual de armonización para cada transformación, y en mi libre interpretación lo veo como una sincronización con la naturaleza, el alma y el cuerpo humano. Así que se reciben nuevas propuestas para las señoritas.

En mi último convite quinceañero el papá estuvo a punto de ponerle a la niña unas botas de caucho en vez de un tacón de 10 centímetros. No lo logró, pero vale como propuesta. También se hizo un llamado a la desobediencia, a romper los esquemas e imponer sus propias reglas. Lo quisiera para mi hija. Por ejemplo, le diría en su momento que aunque no le dé una moto y un viaje le daré alas para que haga con su vida lo que quiera.

También le ofrecería una variedad de tenis para que arrancara a correr por el mundo y en vez de cantar 15 primaveras, le dedicaría algo más explosivo, un himno libertario como Don’t stop me now de Queen. A cambio del discurso de las velas le regalaría La desobediencia civil de Thoreau y Un cuarto propio de Virginia Woolf. Seguro que a sus quince esto le parecerá una mamertada bien confusa, pero tendrá los quince que me dieron a mí, unos libres de cadenas.    

jueves, 4 de septiembre de 2014

Manual para viajeras solitarias

Me voy de viaje, ando buscando el destino, pero como tengo la manía de contarlo todo tuve una respuesta enérgica: ¡Te vas sola!

El asunto no me había importado, no es la primera ni la única vez que lo hago, pero claro, la sanción social siempre lleva a la reflexión individual y alcanza incluso a cuestionarse como si se estuviera cometiendo alguna infracción. Viajar sola en nuestra cultura no es tan grave como en algunos países del oriente cercano donde está prohibido.  Sin embargo, se sigue viendo como una excepción. Lo que mi abuela ve como una proeza femenina, yo lo veo con vergüenza por tener una lista de destinos aún muy corta para lo que quiero ver.

No sé si la base de tanto escándalo es esa de que la mujer se tiene que quedar cuidando la cueva oscura, mientras el macho sale de cacería. Yo, que no tengo cueva y tampoco macho, me voy a cazar solita, fundamentalmente porque me gusta.

Ante la inquietud que me generó el comentario y ciertos temores de amigos y conocidos, empecé a buscar manuales, claves, ayudas o indicaciones para contrarrestar la idea de que la mujer se expone más que el hombre. Y entre tanta información encontré un dato revelador, las mujeres son las mayores viajeras solitarias en el mundo. Sí señor, mujer sola a bordo.

Así que para no armar una polémica en torno a un asunto que no merece amplia discusión (por ser un debate absurdo) quiero hacer mi propio manual para viajeras solitarias.

  1.           Con una sonrisa puedo comprar. Que abren puertas, las abren, lo compruebo cada día. A veces hay que insistir, porque las ignoran o mal interpretan, pero una sonrisa es la mejor pinta de viajera, la más útil y también la que más facilita las cosas.
  2.          Jamás viajes sin el por favor, el gracias y el buenos días. Es una bobada, y esta no es la columna de etiqueta, pero hombre, es más que obvio, de las cosas que no deben faltar en el equipaje.
  3.           Despídete de la zalamería. Si nos vamos a los estereotipos las mujeres tenemos más fama de quisquillosas que los hombres. En un viaje se ven y se ven tantas cosas, pero he aprendido a dejar mis melindres en la casa, allí donde estoy más cómoda. Muchacha, un viaje es hacia la incomodidad, se viaja para desajustar el cuerpo, el alma, para descontextualizar la mente. Así que, a donde llegues haz lo que vieres.
  4.         “Hable serio”. Ese consejo me lo dio mi papá hace años, porque me daba risa pagar el pasaje de bus. Como a veces siento que sigo jugando, toca pararse derechita y decir claro y fuerte: ¿Cómo así, no entendí, explíqueme eso?
  5.           Todo te puede pasar… todo te puede pasar…todo te puede pasar. Repita esa frase desde varias perspectivas, es decir, con tono de mamá, de papá, de abuela y de amiga. Intente escucharla con voz firme, con una sonrisa y como una puerta que abre un mundo de posibilidades: Todo te puede pasar, deja que pase.
  6.           Déjate piropear. De rodar y rodar desmitifiqué mi prevención frente al piropo. Que se escuchan cosas horribles, sí se escuchan, pero la mayoría de veces escucho buenos deseos, bendiciones, y halagos que arrebatan sonrisas. Así que no se vuelva peso extra en la maleta, de verdad no vale la pena la prevención.
  7.          No eres monedita de oro para gustarle a todo el mundo, ni la gente es monedita que te debe gustar a ti. ¿Para qué negociar cuando no se quiere hacer algo? Aún no conozco nada más peligroso que ceder ante las presiones ajenas.
  8.        Viajar es un estilo de vida, no requiere la aprobación ni el consentimiento de nadie.
  9.         Si haz de irte vete, si puedes irte vete, si te quieres ir: pos vete. 


martes, 15 de julio de 2014

Empelotemos a las posudas

Un grupo de amigos que tenía en Manizales había decidido cambiarle el nombre al Día de la mujer, “de ahora en adelante será el Día de la pose”. La propuesta me molestó mucho en su momento, pero ahora que lo pienso bien a pesar de la independencia intelectual, ideológica y hasta sentimental, el asuntico este de parecer ser nos atormenta a muchas.

Los corsés mentales nos reprimen y uno muy fuerte es la voz esa que en lo profundo nos dice que debemos “ser cómo” o “así vas a parecer una”. La seguridad de las mujeres a veces está amarrada a la lista de lo que no se debe ser. Que no se te vea desesperada, que no vea que eres mandona, que no se te note lo histérica, que no crea que eres complicada, que “el que muestra el hambre no come”. Cosas que se contradicen unas con otras, como decía Sor Juana Inés de la Cruz, “a una culpáis por cruel y a otra por fácil culpáis”. Con tanta pose encima se nos va volviendo todo un enredo desnudarnos o que nos desnuden.

Voy a hacer un ejercicio llamado coquetería. Lo practico mucho en mi labor de periodista, de novia y de simple cliente de un bar. Entonces me pongo un vestido que ya no sé si es de mi corte o prefabricado. Se llama encantadora. Este vestido, adornado por mí misma, con todo el canutillo y lentejuela que me ha dado la cultura machista, tiene los siguientes accesorios: sonrisa pícara, mirada por el rabito del ojo y un caminar sinuoso e indiferente. ¿Les suena familiar?

Esa coqueta, así en su superficie, está hecha para llamar la atención, o sea el gancho. Pero me da tristeza reconocer que a veces se nos va la mano y toca sostener el cañazo bajo nuestro propio riesgo. Entonces, además del vestido se viene toda una retahíla de palabras complacientes, risas fáciles sobre chistes pésimos e incluso soportar estoicamente miradas morbosas o comentarios de doble sentido. Todo eso simplemente para sostener ese armatoste en el que ya se convirtió el traje de encantadora.

Pensé por mucho tiempo que ese disfraz era útil. – En serio lo es, abrí puertas muy cerradas a punta de sonrisas-. Sin embargo, se vuelve un arma de doble filo, un animal peligroso que hay que alimentar para no molestar a los demás, caer bien, ser cortés, políticamente correcta, empleada modelo, ejemplo social y una palabra nueva que nunca veo usada para el género femenino, una promujer. La pose, señoras mías, pesa. Sus consecuencias a largo plazo son tristísimas. Detrás de ella se esconden la violencia intrafamiliar, los abusos sexuales, el acoso laboral, la humillación y la denigración del ser humano.  

Pesa en nuestros hombros en la medida en que la queramos seguir cargando. Tal vez el universo masculino tenga otras cargas a la que se le suma corresponder a una posuda, un trabajo desgastante para cualquier pareja, hijo, marido o padre. Si de la historia del sexo hablamos, en este último siglo la revolución femenina va en la etapa más interesante, esas presiones como tener hijos, casarse, ocultar la orientación sexual o conservar el empleo a pesar del abuso se han replanteado. Las leyes van dejando las poses sin algunas de sus prendas más vistosas y vale más defenderse con autoridad que con ideas difusas.

Empelotarse después de años de pose es mi invitación. Vamos a quitarnos de a poquitos o de una sola esa ropa impuesta. La desnudez es el reto. Claro, tras años de no verse la piel hasta podría sorprenderse uno descubriendo que tiene encantos ocultos que solo el más aguzado ojo puede identificar, y que al estar expuestos se potencian. Aprendí de mi madre a ser auténtica y a confiar en las personas que lo son. Allí donde el ser humano es capaz de abrir sus vulnerabilidades y texturas es donde he encontrado a la gente que más aprecio. Supongo que con el tiempo lograré irme quedando sin ningún canutillo pegado al cuerpo y a caminar desnuda con la frente alta.


Tal vez sea en la casa en donde la posuda descansa, se quita todo su aparataje y saca su represión a punta de llanto, explosiones de ira o se dedica a comer la hamburguesa que cambió en la calle por una ensalada. ¿Qué sé yo? Al final, solo en mi intimidad revelo cómo descanso de mis propios vestidos. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Que caiga la dictadura de la belleza

Tengo que confesar que a pesar de que me las doy de rebelde, estoy sometida a la peor de las dictaduras vigentes, la de la belleza envasada.

Con solo 15 minutos de televisión cualquier ser humano occidental se puede convencer de que para ser bello hay que ser delgado, joven, sano, tener dientes blancos, dinero y sobre todo, para ser amado hay que ser bello. Para todo eso hay una industria gigante que grita como paisa en plaza, “le tengo la solución”.

Ya está claro que el estándar de belleza cambia en cada etapa de la historia, se adapta a la cultura y como hoy es una, mañana es otra. Pero señoras y señores, lo que tenemos aquí es un monstruo de siete cabezas que amenaza a los sectores más vulnerables de la población, las mujeres, los adolescentes, los niños y los adultos mayores.

En un frasco encontrará el remedio contra la enfermedad, la vejez y la obesidad. Sin embargo, eso no es suficiente. No sé ustedes, pero yo tengo una cantidad de pociones que contienen el secreto de la juventud para cada rincón del cuerpo. Entonces se le tiene la del contorno de ojos, la punta del pelo, el andén del labio y el rabito de la oreja. La búsqueda jamás acaba, cada vez que visito un supermercado, un almacén de cosméticos o una simple droguería caigo en sus garras. Voy por seda dental y termino comprando un protector para las manchas de los bombillos, una crema para que no salgan canas y más y más belleza en frasco.

Cuando cambié de ciudad me di cuenta de que el estándar actual es un dictador despiadado. En donde vivo las mujeres sienten la presión de una cirugía plástica casi al mismo tiempo en que pasan el peaje, pero si se recorre el país solo hay diferencias en tamaños y proporciones. Este dictador ofrece para todas la cantidad de cirugías que puede sostener un bolsillo, bajo el blando código de ética del comercio estético. Mi ojo montañero se escandaliza con las trememundas colas que desfilan en las calles, pero también es mi propio verdugo cuando estoy frente al espejo.

El poder que le hemos dado a esta dictadura se nos está saliendo de control. Atacamos a las niñas sin misericordia, tanto así que algunos de mis allegados en vez de preguntar por el clima o un simple cómo te va, las reciben diciéndole: “estás como gordita”. Esa es la forma de alimentar esa insaciable necesidad de ser aceptado, creamos entre todos un estereotipo deforme, tanto que su rostro lo perdió en la última rinoplastia.

Lo más cruel de esta nueva modalidad de fascismo es que realmente no se preocupa por la salud humana, no va en el enaltecimiento de la virtud, ni siquiera en un sentido estético que aliviane el espíritu humano y logre el verdadero fin de la belleza, conmover.

Con qué cara vengo yo a decirles a las yayitas que su deformación es tan grave como un ataque con ácido. Porque querida Yayita, si eres igual a un molde, pierdes el nombre, te quedas sin esencia y respondes nada más a una imagen prediseñada para fabricar dinero en masa. Te desfiguras. Apenas termino esta frase mi autoridad moral se refunde entre las cremas de mi tocador, entre los miles de pesos que he invertido en gimnasios, en masajes, en técnicas que aprietan aquí  para que no se vea allá. Cómo les vengo a decir que el cerebro es más poderoso que el escote a la hora de hacer que un hombre pierda la cabeza por una mujer.

Hace poco conocí a un estudioso de la medicina china que me explicaba el peligro de intervenir el cuerpo por secciones. “El ser humano es un todo, un equilibrio completo”, me dijo. Y yo, en medio de la torpeza de mi obsesión mental solo vi mi momento para preguntar qué era bueno para bajar de peso. La respuesta me avergonzó y al mismo tiempo me puso de nuevo frente al espejo. Fue contundente y directo: “Lo único para eso es quererse a uno mismo”.     

Reconozco lo difícil que se ha vuelto bajo esta dictadura poner en práctica ese principio, siempre tan fundamental para la humanidad. Desde ese día, cada vez que siento que algo no está en su lugar o que me antojo de alguna técnica novedosa para quitar las arrugas del codo, vuelvo y me lo repito.

La belleza conmueve, trato de pensar en dónde está ese sentimiento, y entonces mi espejo se amplía y me muestra la originalidad de la naturaleza, lo escarpado y diferente de cada montaña, la irregularidad impredecible del mar, lo diversas que son las aves o la cantidad inimaginable de texturas y olores que hay sobre la Tierra. Siento cómo vibro con la historia de una comunidad que cambia el orden de las cosas, y le apuesta a la solidaridad; o un muchacho que lucha contra la adversidad y se sumerge en el arte. Los ojos se me aguan al ver la emoción de un par de casados que sueñan en adoptar un niño o la cara de un papá cuando su esposa da a luz.

El ejercicio es arduo, pero poco a poco mis ojos se abren para liberar el alma. Al final, solo es ella quien en verdad sabe en dónde vive la belleza. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

Abajo las integrales

¿Qué es lo perfecto? Como periodista esa pregunta asecha a diario, los errores se pagan caros ante el público y causan culpa, recriminaciones y ayudan a los acomplejados a regodearse en su envidia. Entonces, si lo vemos desde esa perspectiva, lo perfecto suele ser lo que se ve bien.

Verse bien y el qué dirán son dos expresiones que salen del mismo lugar, del temor por la sociedad, del temor al juicio ajeno. Compruebo, cada día, que los demás se convierten en un ser invisible, todo poderoso, capaz de anular los sueños, las ideas y hasta la forma en que nos vestimos. Jamás me comí el cuento de lo integral. La estudiante integral, la profesional integral, el trabajador integral, la mujer integral. Ser integral, si lo tomamos literalmente, es como ser simplón, sin carácter, sumir la panza, huirle al conflicto y servir para todo, pero ante todo el lema de lo integral es el siguiente: A todos les cae bien.

En ese afán de caer bien se comenten los peores errores de la vida de una persona. Elegir carrera, pareja, conservarla, no asumir la condición sexual, dejarse mangonear por los amigos, el jefe, la familia. En el peor de los casos, ser un lambón de la sociedad.

Como mi tema es lo femenino, he estado echando cabeza a ejemplos de mujer integral. Ojo, no confundir con íntegra. Pero entonces me di cuenta de que en cualquier lado hay juicios, de la intelectual hacia la frívola y viceversa. Si se hace cirugías, si no se las hace. Porque no baja de peso o porque se la pasa haciendo dieta. Porque se lo da o porque se lo da a la otra. Porque se quiere casar o porque se quiere quedar soltera. "Es que sos una complicada" o "por qué no sos más llevadera". 

¿Por qué insistimos tanto en ponernos cinturones de castidad, de maternidad, de competencia, de complacencia?  Voy a bautizar de ahora en adelante todo este aparataje femenino como los corsés mentales. Así que apretamos, nos apretamos las unas a las otras y al final, apenas si dejamos respirar al diafragma interno, perdemos la flexibilidad, nos volvemos duras, tiesas, simplonas, como una galleta integral. En el camino se va perdiendo la propia personalidad, el saborcito.

En estos días en un escándalo muy sonado una líder religiosa cristiana decía que la conciencia era el qué dirán. Si se saca todo lo descabellado de su declaración, creo que en ese punto la señora tiene toda la razón. Esa voz de la conciencia tiene un cultivo ajeno, tan es así que se activa para decir qué no se debe hacer. Jamás he escuchado a nadie que la voz de la conciencia le diga: “renuncia, cambia de trabajo, ve y busca tu sueño”. O “deja a ese hombre que no quieres, empieza de nuevo y confía en ti misma”. La voz de la conciencia, como me la han pintado, se parece más a la voz de una matrona antioqueña imponiendo miedo que una voz liberadora que le diga a una mujer: “el sexo es bueno, es placentero, y el placer no es malo, es buenísimo”, para poner un ejemplo.

Para llegar a todas estas afirmaciones tuve que ponerme como sujeto experimental, y medir en carne propia dos cosas: ¿Puedo vivir sin la voz de la conciencia? ¿Manejo con tranquilidad la voz de la conciencia popular? Aún no tengo respuesta, siento que mi conciencia está permeada por los demás, llena de experiencias, de nuevas perspectivas, historias, y sí, como no, la de esa señora exagerada, pesimista y tremendista contra la que me toca pelear a diario.

Pero del experimento sí me quedó clara una cosa, mi voz, mi propia voz ha renunciado, - es una decisión unánime porque estoy de acuerdo con ella-, a ser una integral. Entre mis ingredientes está llevar la contraria, así sea por el simple placer de hacerlo. Tenderé hasta mi último día en la tierra a ser rebelde hasta con mis propias ideas y arriesgarme a caerle mal a otros, ser la piedra en el zapato o simplemente dejar de querer lo que me cae pesado, lo que ya no combina con mi propio ser. Obvio que es arriesgadísimo no ser un producto light, pero al final es lo que me hace feliz, ser absolutamente sabrosa.


lunes, 3 de febrero de 2014

Por el derecho al reinicio

Foto tomada de google.
Soy una fanática de los cuentos de los hermanos Grimm. Todos los sábados me despierto para ver una y otra vez cómo la doncella vence los peores hechizos y derrota con sus virtudes a los duendes, brujas y demonios que la atacan. Sé también que a cambio recibe todas las veces lo mismo: “por tu coraje, arrojo y valor te premiamos con un príncipe”. Entonces dicen que fueron felices para siempre y entregan al hombre como artículo de promoción. No se admiten devoluciones y punto final.

Este estándar de cuento, muy occidentalizado y judeocristiano, podría tener otros fines, como que a la princesa le den otra princesa o que el príncipe la integre a su séquito de esposas. O que le den alguna gratificación y monte una exitosa empresa de seguridad privada contra brujas y maleficios (seguro hay todavía muchos clientes en este campo). Pero bueno, no quiero armar debate por los posibles fines, este, en particular, es conservador y cercano al que se inculca en el mundo en que crecí.

Lo triste es que el cuento se vuelve una camisa de fuerza y las mujeres nos vamos quedando con una sola versión de las cosas y renunciar a ella crea conflictos internos, recriminaciones y mucho sufrimiento. La sociedad no es perversa, simplemente funda instituciones como el matrimonio, el noviazgo y ene rituales sobre las relaciones de pareja para mostrar a las futuras generaciones un ideal de cómo serían las cosas. Un deber ser de felicidad compartida. El problemita está en que el “para siempre” también se acaba y muchas prefieren conservarlo así sea en el fondo falso. Aceptan maltratos, abusos, infidelidades, frustraciones y se vuelven hipócritas ante la sociedad y sí mismas, solo por el temor a perderlo. Este es un demonio que sus virtudes se niegan a vencer.

Además de que pienso que la relación de pareja está sobrepublicitada y tiene más marketing que la amistad, la hermandad o la soltería (esta todavía no entra al top of mind del consumidor), creo que la energía femenina y también, la masculina, se enfoca demasiado en forzar el cuento. Veo por ahí muchos que sufren en silencio, guardan falsas expectativas y creen realmente que su pareja recapacitará y será como era o lo que es peor, como nunca fue.

Aceptemos que podemos diversificar la versión, que pueden entrar nuevos personajes, escenarios o batallas. Que siempre es un simple adverbio, que todos los sentimientos cambian, y que la boda solo es la ceremonia. ¿Por qué ser solo La cenicienta, Raponzel o Blancanieves? Las historias de los Grimm son miles, tantas que necesitaron tres tomos para abarcarlas. Entonces, por qué conformarse con una, si la gracia es vivirlas todas.

Afirmo para mí y para todas las mujeres que amo, que tenemos derecho a armar nuestro propio cuento de hadas. Que no hay que andar criticando a la que sueña con esos ideales y encuentra en ellos su felicidad. Sin embargo, las que no la hallaron, descubrieron realmente en dónde estaba y quieren que el príncipe les devuelva sus virtudes, pueden hacer el respectivo reclamo y decir: “este gato no sirvió”.

Tengo la convicción de que pueden encontrar nuevas y mejoradas versiones de su propio Disney.  Y como la sociedad piensa en todo y sabe que no todo hombre es príncipe y que no todo príncipe llega a rey,  admite que hay princesas que serán más felices en el bosque que en el castillo, por lo que legalizó hace rato otros rituales como el divorcio, la separación y la reparación.


Doncellas, el “control+alt+suprimir” ya está inventado, y quien quiera y lo requiera debe sentirse libre de usarlo. Apropiémonos de él y hagamos valer “el para siempre” de nuestro derecho al reinicio. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

El sexo desobediente

Esta columna está escrita para las amantes, las brujas, las locas, las vagabundas, las rebeldes, las que se mandan solas. Para todas las desobedientes. Será mi manera de reafirmar a las que se alzaron la bata, se quitaron el moño y  se les corrió la teja. Esas que andan por el mundo sin Dios y sin Ley.

Cargar por milenios con el peso de la tentación y el de la culpa ha dado como resultado una serie de palabras que usamos como instrumento de tortura. Con ellas condenamos a otras mujeres. Sancionamos a la “otra”, como si los hombres fueran la joya indefensa de la corona; a la “solterona”, como si tuviera una enfermedad incurable, y a la “marimacha” como si la diferencia fuera una plaga para erradicar.

Para discriminar a la que alzó su propio vuelo hay un montón de expresiones, que yo misma he repetido cuando pensaba que encajaba en algún grupo social lleno de orden y obediencia: “quitamaridos, destruye hogares, moza, zunga, retacadora, calenturienta, casquillera, calientahuevos…”.

Escuché por mucho tiempo la queja de las santas, las mártires, las inmoladas en el altar doméstico. Los lamentos de las que soportaron maridos mujeriegos, novios abusivos o prefirieron ponerse un cinturón de castidad mental antes de tener sexo con el ser que amaban o que simplemente les atraía. Desmitificar a la víctima, a la desamparada, es el trabajo de la desobediente.

Mi llamado al aquelarre recuerda como siempre, que el machismo es una creencia autoinfligida. Hace poco soporté con estoicismo a un hombre gallinazo, que pensó que por ponerle conversación le estaba dando entrada, como se dice vulgarmente. Primero recurrí al papel de la víctima, el escenario conocido que no sirvió para nada. Luego intenté ignorarlo, como si la indiferencia realmente fuera un látigo. Al final, cuando me vi presionada y perseguida conté lo que me estaba pasando y encontré, especialmente en los hombres, a unos aliados fieles que me sirvieron de escudo, guardaespaldas y espantapájaros.

Durante todo el episodio mi cabeza buscaba alguna muestra de un comportamiento que hubiese detonado tal acoso. ¡Así fue que terminé buscando en mí misma a una provocadora! Entonces, reflexionando, se me vino otra pregunta: ¿Por qué se mantiene en el éter esa idea del sexo obediente? “Juiciosa, bien portada, sea madura, una niña buena, niña de bien, niña de su casa, calladita”. Qué asco.

Si retrocedemos la historia, el llamado es claro: Querida mujer, si no te hubieras arriesgado no hubiéramos descubierto el sabor del árbol de la vida. Para mal o para bien nuestro llamado divino es a la desobediencia.  Y entonces vuelvo a mi reafirmación: agradezco a la que por primera vez se fue de su casa a vivir sola. A la que venció la mirada juzgadora de otras mujeres, de su familia, de sus amigos y hasta de sus vecinos y luchó por el hombre que amaba.

Gracias querida bruja por obtener un poder sobrehumano capaz de hacer temblar a las más grandes instituciones. Bendita seas calenturienta por descubrir para las demás la libertad del orgasmo. Un aplauso para todas las que en contra del viento y la marea cultural lograron que tuviéramos voto ciudadano. Otro para la que queriendo ser ella misma logró mover a un país entero y a esa que atendió primero a su propio llamado y haciendo uso del instinto y la inteligencia acalló los prejuicios internos, aceptó su condición sexual y fue feliz.

Entonces al final hay que darle una felicitación sincera a las heroínas cotidianas: las madres que también disfrutan de sus carreras, aquellas que terminaron el bachillerato cuando ya sus hijos estaban en la universidad o las que dominan el tránsito por encima de las burlas sexistas. Esta columna es para todas esas mujeres que vencen las cadenas mentales y diariamente son el ejemplo activo del sexo desobediente.  

miércoles, 23 de octubre de 2013

Dueñas de nuestra vagina



Mujer sentada con la pierna cruzada. Pablo Picasso. 

Las mujeres, muchas mujeres, algunas mujeres, yo como otras mujeres, creí por algún tiempo que el derecho de tocar mis partes íntimas era de los hombres y que tocármelas, verlas, conocerlas, explorarlas y llegar a la masturbación era un acto pecaminoso, sucio, indigno, que representaba frustración o soledad. Como si mi vagina estuviera hecha solo para el servicio de otro ser humano.

Voy a hablar del sexo de las mujeres, porque es el campo que conozco, mi propio cuerpo. No podría hablar como un sexólogo, una experta en kamasutra o como una bióloga, porque solo sé hablar como mujer. Así que este escrito me sale de las entrañas. No del corazón. Creo que me sale de la conexión intensa que he descubierto entre la mente y la vagina.

Esta furia vaginal nace de ese tabú que este día ha llegado a su fin en mi cabeza, porque me siento ofendida, engañada y autoengañada por una idea que cargamos antes siquiera de haber nacido y que se fomenta en una red oscura movida por la sociedad, no sé si la mundial, la americana, la latinoamericana o simplemente la colombiana.

La furia además, se me ha subido hasta la cabeza al darme cuenta de que las nuevas generaciones no han cambiado mucho. He visto sonrojarse a varias solteras jóvenes cuando les he preguntado si se han visto la vagina, si saben cómo es, si se masturban para saber qué es un orgasmo. Y estoy coleccionando ahora mismo frases en mi mente que me refuerzan la idea de que el machismo más allá del estereotipo del barrigón bigotudo que le dice a la mujer “eche pa’ la pieza”, es un régimen autoimpuesto.

“Ay cochina”, “eso no se hace”, “qué tal”, “esas cosas no se preguntan”. Entre otras como: “nunca me gustó cómo me besaba”, “yo fingí para que dejara de preguntarme si me había venido”, “le digo que hagamos esta posición para que se venga rápido y no me moleste”, “quién se va a mirar por allá”, “lo hago simplemente para complacerlo”, “lo hago porque lo pide el cuerpo, no porque me guste”, “es que las calenturas de esos años se perdieron”. Puedo seguir.

La más reciente conversación fue con una joven que me abrió los ojos a una realidad de golpe: Las mujeres aprenden primero a fingir un orgasmo que a tenerlo. Es más, algunas no creen en su existencia.

Y  no les voy a echar la culpa a los hombres, pero lo que más me indigna del asunto es que son ellos precisamente los que nos inician, en la mayoría de casos, en la sexualidad propia. Sería un acto muy altruista si no viniera detrás un interés del que nosotras también nos olvidamos. Su pareja, señorita, está más interesado en su propio placer que en el suyo y, lo peor o lo mejor del asunto es que así debería de ser para ambas partes.

Entonces la vagina se convierte en un ser oscuro, en un tesoro, en un objeto del deseo, de especulación en el que se sobrevalúan actos como la pérdida de la virginidad. Miren entonces esta reflexión: perder la virginidad es un momento ‘especial’. Se cuenta a otras mujeres, en algunos casos con magia y uno que otro unicornio.  Masturbarse por primera vez es un momento para ocultar, un ejercicio que se practica, pero no se divulga. Las más dignas sostienen la cabeza en firme diciendo que jamás lo han hecho.

Ahora los padres en un acto de resignación aceptan que sus hijas tengan sexo, las sientan, les toman la mano e incluso las llevan al médico para que les receten el método de planificar de moda. En medio de esas conversaciones no se habla del placer. Creo que pocas mamás preguntan al final de tan aparatoso momento: “¿Y te gustó?”.

Quisiera en el fondo de mi furia vaginal, que estas reacciones fueran producto de algún prejuicio, de un estereotipo o de alguna impresión que se me ha creado en mi cabeza treintañera. No. Son el resultado de años de conversaciones con mis amigas, de escuchar las de otras mujeres, de no saber qué responder a frases como: “será que tengo un problema”, “él me dice que soy insaciable”, “es que soy muy complicada para llegar”, “él me dice frígida”, “¿por qué será que a las casadas les da pereza el sexo?”.

Yo respeto mucho a las mujeres, quisiera sentirlas más seguras desde más pequeñas, que una relación amorosa no se convirtiera en el único asunto que ocupa sus cabezas y que los hombres las admiraran más por ser ellas mismas que por lo que pueden dar. Quisiera poder analizar también cómo es el universo de las lesbianas, de cómo se puede fracturar ese esquema que somete una parte del cuerpo al escrutinio público y que excluye el más importante, el propio.

Digamos que liberé un poco esta indignación, que me puedo dar por satisfecha, porque he roto mi propio tabú. Siento, sin embargo, que podría hacer más, cualquier cosa para que seamos dueñas de nuestro cuerpo como nuestro primer territorio, un conocimiento fundamental que nos llevará a apoderarnos del mundo. 

miércoles, 3 de abril de 2013

Señales para cazar a un acuático

Estamos los acuáticos, los que creemos en los poderes del color del mar, sentimos que la vida pasa mejor a la orilla del río. Somos a los que el pescado crudo nos hace agua la boca y nadamos horas interminables. Navegamos, nos dejamos navegar. Buscamos siempre la orilla, el límite, el borde que se une con el sol. Los que hallamos sin querer océanos eternamente profundos. Somos los que nos sumergimos, amamos en silencio y en medio de una larga autopista imaginamos que estiramos la mano para tocar con la yema de los dedos cualquier superficie húmeda. Un lago, un estanque, un aguacero, las gotas que salen de la ducha. Estamos los acuáticos.
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"Cuéntame"
  
Supongo que somos muchos, pero hasta ahora solo sé que existo yo.

"Como el Principito en una isla"

He encontrado rasgos de acuáticos en ciertos humanos, pero luego, si te hundes en sus ojos, te das cuenta de que simplemente les gusta el agua.  
No tenemos miedo de ahogarnos y nuestro sueño recurrente es nadar o dormitar elevados a pocos centímetros del mar.  
Sentimos, cuando braceamos, que no hay ninguna diferencia entre flotar y soñar en un colchón de la tierra.

Si los miras fijo, te darás cuenta de que tienen agua en los ojos. Se nota más en la mañana. Los abren con naturalidad ante la fuerza del río, la sal marina o el cloro de las piscinas.

Padecen de intensa sed y piel seca, pero por contradicción aman el calor y buscan orillas y objetos que se diluyan. Podrías toparte con uno si visitas túneles sobre las avenidas, por dentro se sienten sumergidos y sobre ellos evocan el paso de la corriente.  
Pasan horas sentados en un puente con su mirada fija en las piedras, recordando la riqueza del limo, bordeando con los dedos la forma de la espuma, descubriendo peces o simplemente arrullándose con el sonido de la purificación. Oímos cómo respira el agua.

Nuestra sed nos agobia por los poros del cuerpo. Así que cuando decimos "agua" nos metemos de pies a cabeza y la bebemos como bocanadas de oxígeno.


Compran como frenéticos vasos de cristal, sombrillas, atomizadores, jarrones, floreros, mecedoras y columpios.   

Pero me temo mi querido amigo que nos refundimos en el mundo terrestre. Es tan obvio, ante la vitalidad del agua nosotros parecemos gente. Nos camuflamos entre los de a pie, nos reímos en las ventiscas y nos inunda la melancolía con las brisas de verano. 

Cuando un acuático se abraza a otro cuerpo en las noches, no duerme. En silencio está rogando para que llueva.



domingo, 20 de enero de 2013

La niña de los 50


Ella es su niña de los 50. Se lo encontró casualmente y al verlo le dio fiebre de bajo vientre. Él era feo, muy feo, pero resplandeciente. Dice él, pasados los años, que ella lo iluminaba todo.
Hablaron cualquier tontería. Vagos los dos. 10 minutos después, mientras él discutía sobre la crisis cafetera, le envió un mensaje y se pusieron una cita.
Bailaron, durante horas, sin decirse nada. Desde ese día es su niña.

Tiene sus requisitos ese oficio. Él exige energía, demanda cada instante. La escurre para ser escurrido. Ser la niña de los 50 es similar a llevar una doble vida. Trabajar más para dedicarle tiempo a los caprichos de un niño grande y ponerse traje de dama cuando necesita una mujer al lado.

La familia fue la parte más dura, porque siempre andaba de minifaldas para complacerlo, pero la abuela la miró de arriba a abajo y le pronosticó de frente que ese antojo no iba a durar.

Anotó la fecha de su cumpleaños en un calendario. 49, faltan 365 días para el final. Faltaban dos meses y después de tantas peleas de novios colegiales y despedidas infructuosas, nada apagó la fiebre. Se llaman con los dedos acalorados, con palabras frenéticas. Habrase visto tanto deseo en dos personajes tan opuestos.

Y la niña probó con 30, con 18, con 40. Algo tenía ese número, entre las burlas sobre el viagra, la panza y el geriátrico.

Honestamente ya no era tan niña.

Justo en la raya del día preciso él habló de amor. Amar amarse a la hora del amor. ¿Una niña de los 50 puede amar. Puede amarse. Puede vivir del amor?

Excesivo, exagerado, desesperado por volver a poseerla, la buscó entre los tropiezos que habían creado. Estaba escondida, recogida como un feto en un rincón con esa palabra retumbando entre el calendario y sus ganas de él.

Si le dieran el nombre de su temor. Quién arriesga perder su tranquilidad, su libertad, por amar.

Con los niños hay que ser pacientes. - Él perdió el miedo-.

Se dio cuenta cuando la tomó de la mano para subirla al carro, cuando la abrazó con fuerza frente a sus colegas, cuando empezó a preguntarle ¿cómo te fue hoy?.

Las arrugas llegaron, porque siempre llegan. También encaneció. No hubo hijos. Llegó la vejez en forma de mujer.

Él es su niño de los 50. Lo baña en las mañanas. Lo toma del brazo para subirlo al carro. Lo abraza con fuerza frente a sus colegas. Le cubre los hombros en los días fríos.

En las noches recuerdan los días del  calor. Él se sienta con una cobija sobre las rodillas. Y sin el pudor de la edad que los unió, ella se quita la ropa y baila. Baila, como bailaba la niña de los 50.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

El bichito

Y si tal vez te conviertes en un bichito, en un grillo de esos que te rodean. Te vienes volando hasta llegar a mi casa, avanzas pisos arriba y aprovechando estas noches de frío te metes entre mis cobijas y te transformas en uno de tus yos. Me haces el amor. Luego de llenarme con tu calor, regresas a ser bicho y retornas volando a tu hábitat. 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Lo que quiero

Quisiera ser su amante
esa a la que vuelve después del cansancio
la que encuentra en la casa cocinando una receta extraña
a la que le cuenta en la noche lo que le preocupa en el día
el cuerpo que le atrae desde cualquier lugar del mundo
en el que quiere refugiarse del frío, de la pesadumbre, de las multitudes
Ser esa negra que le envuelve
la que sabe que le espera con café recién hecho
o la que le despierta ansiedad después de una separación.
Y me duele no ser esa
la que lo trasnocha
la que desea con el vientre y con el alma
Porque quisiera serlo, poner mi empeño en encapricharle
en oirlo, en besarlo, en quererlo
Lo encontré porque la casualidad no espera oportunidades
y quisiera tener más fortaleza para retirarme con dignidad 
tomar mi propio camino, seguir mis propios caprichos
Me sorprende cómo se entronó en mi vida
Me soprende cómo sueño con ser parte de la suya
Pero en cuestiones del amor soy derrotista
No desencantada, ni cínica.
Así que rezo todos los días para resignarme pronto
Para entender que mi deseo es pura fantasía
Tenga claro que no me caben rencores
Tenga claro que mi cariño es auténtico, 
tan genuino que me ha conocido dócilmente
Mis maletas siempre están detrás de la puerta
Sin embargo, no hay agüero para espantarle 
Sepa que lo quiero mucho
Me aterra, ya lo sabe, quererle como hace tiempos no lo hacía
Uno se acostumbra, uno se acostumbra, me digo mientras intento alejarme.

jueves, 2 de agosto de 2012

Atrapado en mi vientre


Traigo un orgasmo guardado en las entrañas y a veces, cuando camino, siento que se me cae.

Es como un filo que punza hacia abajo, otros días lo llevo como un peso de agua que en cualquier momento se escurrirá entre mis piernas. 

No es una molestia, pero sí un rubor que ilumina la sonrisa, que se cuela en las charlas aburridas, una ansiedad que no se quita así mueva los pies con frecuencia.

Cuando voy por la calle, pensando en las compras, ahí, justo en el vientre se enciende. Sin la chispa de un recuerdo, un amor lejano o la mirada de un desconocido.

Me llena de cosquillas, de carcajadas solitarias. Un silencio tan sólido, tan mío.  Parece que busca el camino a un gemido, un chiste malo que le dé permiso para escapar.

No sé si lo retengo a propósito, si tenerlo atrapado hace mi vida más interesante. Cautivo en el vientre es solo mío. Es el orgasmo que traigo guardado.


miércoles, 27 de junio de 2012

Una vez me enamoré


Una vez me enamoré de un oso, me daba besos gigantes, era amable y siempre me cargaba. Un día lo cazaron, mi oso se fue para siempre.

Otra vez me enamoré de un tiburón. Devoró de mí casi cada parte de vida y sobreviví de milagro. Tuve miedo del mar por un tiempo.

Estuve enamorada de un turpial, y me cantaba al oído cosas lindas. Imposible de asir, imposible de abrazar, imposible de besar, imposible de amar. Voló.

Estuve enamorada de un guepardo. Corrimos juntos, me hacía reír con frenesí. Todo fue frenético, en el camino lo perdí.

Me enamoré de un pavo real. Era el ser más bondadoso, más compasivo, pero el resplandor de sus plumas me cegaba. Nunca más lo volví a ver.

Recuerdo que me enamoré de un pato salvaje. No teníamos paraje, un día estaba, otro me escribía de más lejos, de más cerca. Lo quise con el alma, no sé si el corazón errante sabe querer.

Conocí una vez un león. Y le veo más su alma que su melena. Ruge y luego ni se siente. Una vez me enamoré de un león…



lunes, 11 de junio de 2012

Mujeres con la vida de bolero


A mis abuelos, "El negrito aquel" y "La de los ojos pardos".

"Caricaturas del frío en una fracción del cuerpo que se ha transformado en la cursi excusa de un encuentro en las aldabas de un pueblo que ya extraño. Y el pueblo lo compone la gente y, por bueno o malo vos sos una gente, como te lo he dicho". S. Sánchez


En este oficio cantarle al amor es casi un asunto de machos. Hay que soportar el frío de las madrugadas, los riesgos de la calle y el rigor de trasnochar todas las semanas. Sin embargo, Esneda Ramos y Nancy Aragón se abrieron paso en un gremio en el que el 90 por ciento son hombres y se convirtieron en serenateras.
“En este trabajo de vez en cuando hay que aplicarse sus traguitos, porque cuando toca, toca”, dicen estas dos cantantes de la noche. Entre sí se conocen poco, pero sus carreras artísticas comenzaron de forma similar.
A los 19 años, Esneda participó en La hora de los aficionados de Radio Cartago con Arráncame la vida, versión de Toña la Negra. Ganó 10 mil pesos y una carta que la acreditaba como profesional para cantar en cualquier emisora y, por supuesto, para cobrar por dar serenatas. Eso fue hace 50 años.



A Nancy la fama le llegó en 1966. Tenía 18 años y trabajaba como tiquetera en la empresa Transflorida de Cali. Mientras tarareaba ‘Quisiera ser la fina Madreselva’, un par de músicos que la oyeron la invitaron a cantar en La voz de Cali.
En la primera serenata Nancy ganó 700 pesos y ahora cobra 90 mil por hora. Esneda y su trío cobran 150 mil pesos por una hora de 14 boleros. Ambas reparten el dinero con sus acompañantes y dan una cuota para el centro artístico que las acoge por las noches.
Están dedicadas a componer el amor de otros entre aguardiente, whisky y ron. Y a si suene a contradicción, Esneda nunca ha intentado arreglar los sufrimientos de su corazón. A los tres años de estar casada con un carnicero, que le prohibió dar serenatas, decidió irse con su hijo y volver a la música. “Jamás busqué otro hombre”, cuenta. Reafirma con seguridad que a sus 69 años está muy vieja para que la anden conquistando.


La historia de Nancy fue distinta. En uno de los centros artísticos donde trabajaba conoció a Lucho Puertas, un puntero que cantaba solo. Él le propuso que fuera su guitarra marcante y también su melodía. Así conformaron un dueto que ya cumple 14 años de matrimonio.

“Mujer, ni de riesgos”
“Este gremio es muy machista. Si no se es mujer de un músico, no la reciben en un centro”, asegura Nancy.
“Una mujer, ni de riesgos. Usted disculpe, pero mi esposa es muy celosa”, le han dicho los clientes a Esneda. Con calma ella les pide que la dejen cantar primero. “Así me los convenzo y me gano la serenatica”, agrega.
La jornada a veces termina a las 4:00 a.m., pero a las 8:00 a.m. están en pie para cumplir con las labores del hogar.  “Claro que ese trote ya no es como cuando era joven.  A eso de la 1:00 p.m. empiezo a cabecear”, explica Esneda.  
 Su hijo ahora está en España y le prometió que apenas se organice le girará para que se retire de la vida artística.
A Nancy no le da miedo quedarse sin voz, porque ha negociado de todo, desde ropa hasta empanadas.
Por ahora siguen soportando el frío de la madrugada y amando su oficio con la pasión de un bolero. 


Texto publicado en El Tiempo Cali el 4 de mayo de 2004. 


sábado, 2 de junio de 2012

Carreteras en el aire


"Y dos nos subíamos a un patín (ni sé cómo cabíamos) y nos tirábamos pendiente abajo sin importar lo que halláramos en la esquina."

Esquivé la niebla con fracasos repetidos y al dejarla atrás juré nunca volver. Y así se va moviendo este cochecito en el que me empacó la vida. Tiene el color quemado, tostado por los días soleados y se escarcha siempre al pasar por el nevado. - Ahí viene la nube. Un momento, primera otra vez-.

Cree uno que el camino es solitario, pero flotan por ahí pedazos de sueños ajenos, algunos se recolectan para combustible, porque aquí en el aire todo se recicla.  Somos ecológicos con las ideas alocadas, las utopías, las batallas contra molinos y los calores de una noche. A veces falla. - Un momento, viene un ave, por poco y se choca contra el parabrisas. Son comunes, pero hay que dejarlas ir, ¿no?, son aves de paso -.
 
Que sí, a veces me encuentro con otros choferes. Son pocos realmente, pero hacen buena compañía. Los puedo contar con los dedos de la mano. Nunca ayudan a la hora de cambiar llantas, que eso acá es todo un riesgo. No hace falta explicar por qué es peligroso tan solo bajar el gato para levantar el carro.

Yo no sé por qué llegué. Supongo que mis papás eran hippies, supongo. De niña podía jurar que en vez de caminar volaba. Iba con la empleada del servicio a la cocina y me arrojaba por la terraza. Cuando menos pensaba los pies estaban elevados. Eran tiempos maravillosos en el aire.

El carro lo compré, creo que es de segunda, pero me lo vendieron como de primera. Le puse Alma Vieja. Y cuando emprendí el primer viaje ya no me quise bajar. Claro que tiene sus problemas, no falta el que lo quiera jalar a uno. ¿Pero sabe?, estos coches no funcionan en la tierra. No lo he intentado ni una vez, creo que las refacciones no aguantarían. 

Y no es que andar por acá sea cosa fácil. Usted dirá que hay menos rozamiento, lo que no es cierto. El viento golpea fuerte y las noches son duras. Además el cuerpo agarra una necesidad de suspensión. A veces bajo a visitar a la gente normal, y con cualquier cosa me mareo.  Por eso tengo hamaca, ve, uno siente que no está en la tierra y lo recogen desde el cielo. 

Tampoco me gusta esa frialdad de las personas que abusan de nosotros los conductores aéreos. Yo poco pasajero he llevado, porque apenas les abro la puerta van es mostrando las ganas no más de montarse, darse un paseo y magullar la cojinería. Nooo, esa gente que se quede allá abajo
.
Este tipo de vida tiene su exigencia, su compromiso. Yo sé que la gente normal cree que nos elevamos no más de sobrados. Que somos los creídos del cuento. Cosa más errada. Acá hay que ser responsable, mantener el combustible, porque una caída es mortal. Si toca manejar de noche se le hace, sin importar que a uno se le quite el hambre. Claro, hay días que uno tiene energía como para recorrer el mundo entero, pero ese trote no se lo aguanta un compañero, por eso la mayoría de las veces toca manejar solo.

Tenemos nuestros métodos de comunicación, no hace falta revelarlos. De vez en cuando se engancha uno con gente de la tierra. Ah, no me haga hablar de eso, porque se me alborotan las ganas de bajarme.

Sí, yo sé que hay alguno que se le quiere medir al viajecito, pero yo le recomiendo que se consiga su propio coche, nadie puede ir cómodo de pasajero cuando de conducir en el aire se trata. Sin embargo, los compañeros de carretera se gozan mucho el recorrido, pueden ir de un lado al otro, traer combustible que flota por ahí y compartirlo. Todo muy técnico y así no se da el hambre, ya sabe como es de duro por acá.

Bueno, no siendo más, me disculpa. Le voy desinflando los globos para que se vaya a la tierra a escribir sobre mí. Adiós pues.